Revolutionary Road*

“¿Qué habría sucedido si, luego del naufragio del Titanic, Rose y Jack se hubieran casado, formado una familia y desenamorado paulatinamente el uno del otro? Pues de eso trata Revolutionary Road.”

Siempre me han gustado las películas de pareja cuyo eje central no es el enamoramiento, sino lo que pasa después. Porque en el fondo, las películas románticas son una mera fantasía: las relaciones no son perfectas ni hay un final feliz. Las relaciones son complicadas y estar con otra persona requiere trabajo, esfuerzo y tolerancia. Súmenle a esto los roles sociales, la familia y las obligaciones y tenemos una receta bastante compleja.

Bueno, Revolutionary Road es una de estas películas. Trata de Frank y April, dos personas que creían ser especiales. Pero luego, cuando los deberes ya han tocado a su puerta, se dan cuenta que han actuado igual a los demás: o sea, han antepuesto las obligaciones (o lo que en un momento creyeron que eran obligaciones) a sus sueños. Con ello, el amor que sentían uno por el otro se ha deteriorado muchísimo, pues el tedio y la decepción los hace discutir a cada momento. April trata de cambiar las cosas proponiendo que se muden a Paris; ciudad que tenía embelesado a su marido cuando joven.

“Míranos: caímos en la misma ridícula ilusión. Esta idea de que tienes que resignarte en la vida y asentarte apenas tengas hijos.”

Por un momento las cosas parecen ser diferentes. Sus amigos reaccionan como si planearan una locura, pero eso sólo logra hacer que la sensación de ser especiales regrese y con eso, sus esperanzas. Pero como suele suceder, esta fantasía dura poco. Pronto Frank recibe una oferta de aumento y duda del viaje. Cuando April descubre que está embarazada, él se decide definitivamente a cancelar la ida a París, destruyendo el poco amor que les quedaba y todo desemboca en un terrible suceso.

Me encanta como la película muestra tantas ideas que, inevitablemente, te dejan pensando. Como por ejemplo, cuando la pareja decide mudarse, el único capaz de comprender sus motivos es un loco (hijo de unos amigos). El resto de las personas sólo cree que están siendo infantiles. Esto nos deja pensando en qué es la locura, sino salirse del camino que han marcado para nosotros. Y justamente, el que la escena de la conversación entre el matrimonio y el loco se desarrolle en el bosque no es casual: es ahí donde pueden ser ellos mismos, lejos de las construcciones de una sociedad que les exige cada vez más.

Por otra parte, Revolutionary Road nos muestra como el peso de lo establecido es tan fuerte que incluso termina por convencer a Frank. Lo curioso es que en el fondo todos saben que el viaje podría ser algo magnifico… Desde los amigos de la pareja, hasta el mismo Frank, pero no quieren aceptarlo. Esa idea de que una persona elija mentirse para conformarse con la realidad que vive, es aterradora… Pero lamentablemente, no es pura ficción.

“¿Sabes qué tiene de bueno la verdad? Que todos podemos reconocerla por mucho que hayamos vivido sin ella. Nadie olvida qué es la verdad, sólo nos volvemos más diestros mintiendo.”

En algunas páginas comentan que la intención de la película era mostrar el matrimonio casi como un cáncer del amor. A mí no me parece que ese sea el mensaje. Si vemos la película atentamente, podremos notar que Frank y April sí se aman y sí existe pasión entre ellos, pero todos esos sentimientos se están extinguiendo por las exigencias externas y por las necesidades no satisfechas. Entonces, más bien lo percibo como un llamado de atención sobre los errores que se pueden cometer en un matrimonio y en la misma vida al no hacer lo que uno quiere y al preocuparse tanto de las apariencias y del qué dirán.

*Texto publicado originalmente en Maldito Protozoo.
 
 
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Y enseñar locamente

Título original: And madly teach
Autor: Loyde Biggle, Jr.
Año de publicación: 1966
Género: Ciencia ficción
Editorial: Bruguera
Edición: 1973, publicado en Ciencia Ficción, Tercera Selección

Mildred Boltz es una profesora de inglés que ha ejercido su profesión por veinticinco años. Es lo que la apasiona y lo que en un principio la llevó a enseñar en una colonia en Marte. Sin embargo, problemas de salud la obligan a regresar a la Tierra, en donde descubre que el sistema escolar de este planeta es completamente distinto y su metodología -clases presenciales, exámenes, jerarquías- es considerada obsoleta. Boltz deberá competir contra otras insólitas formas de enseñanza para poder mantener su puesto y así seguir trabajando en lo que ama.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído este cuento y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Una de las cosas fascinantes de la ciencia ficción es que la mayor parte de sus autores buscan hacer una suerte de advertencia al lector. Esta advertencia suele estar enfocada en que lo que solemos considerar “progreso” no siempre tiene los efectos deseados y a veces nos pueden jugar en contra. No es que estos autores no aprecien lo positivo que han logrado los conocimientos científicos y tecnológicos; sólo tratan de ver las dos caras de la moneda. Y así es como nos hemos topado con libros sumamente certeros en cuanto a sus “predicciones”, como El mundo feliz de Aldous Huxley.

Y enseñar locamente no es la excepción; la idea de este relato es presentar los potenciales peligros de la educación llamada progresista y al mismo tiempo los peligros “de un posible «buen» uso de la televisión” (50). Mientras en Marte Mildred Boltz practicaba una metodología de enseñanza de corte tradicional, en la Tierra la educación se imparte a través de las pantallas a miles de jóvenes al mismo tiempo. Sin exámenes ni la presencia de los estudiantes, la única forma de medir la calidad de un profesor es a través de una especie de rating; el Trendex. Por esa razón los profesores, en lugar de esforzarse por enseñar bien, tienen que esforzarse por entretener lo mejor posible a su audiencia y así evitar que cambien de canal.

Si leen mi blog habitualmente se darán cuenta de que estoy totalmente en contra del sistema escolar tradicional y siempre estoy buscando alternativas al mismo. Y enseñar locamente, por el contrario, plantea que el sistema tradicional es bastante bueno y llega incluso a utilizar uno de los recursos más odiosos que tengo que enfrentar al momento de conversar o discutir sobre educación con alguien: “Una pregunta, caballeros. ¿Cuántos de ustedes han recibido su educación bajo esas funestas circunstancias [escuela tradicional] que tan elocuentemente acaba de describir Wilbings? […] Y díganme, señores, ¿atribuyen ustedes su actual estado de «degeneración» a este sistema educacional tan siniestro?” (84). Se trata del típico apelativo a la experiencia, que pasa por alto el hecho de que es muy poca la gente que va a reconocer falencias en sí mismo o que es capaz de determinar el origen de las mismas.

Pese a ello, me gustó el cuento de Biggle. Es decir, está bien escrito (los personajes son bastante planos, pero se comprende, pues la intención era presentar la idea no profundizar en la psiqué de estos) y además la advertencia hace bastante sentido. En busca de mejorar el sistema tradicional de enseñanza se puede caer en soluciones que en realidad no lo son. Por ejemplo, cuando algunos autores señalan que los niños deben entretenerse con el aprendizaje se refieren a un proceso natural, de sincero interés y no a algo forzoso que deba lograrse a través de efectos visuales o bailes eróticos.

Además, el cuento tiene algo muy rescatable y que aún hoy es una lección importante: el énfasis en la necesidad del contacto humano para poder aprender. Es decir, podemos aprender de libros y pantallas, pero es en la retroalimentación con otros en donde se encuentra la riqueza del conocimiento humano. A través de su protagonista, Biggle nos recuerda que la educación no sólo es impartir “conocimientos”, sino también fomentar los espacios de interacción que, en un mundo en donde priman las pantallas, se hace sumamente necesario.