Mi experiencia con el Software Libre

La primera vez que intenté usar GNU/Linux fallé estrepitosamente. Fue por el 2007 y un amigo me convenció de instalar Ubuntu -¿a qué no adivinan cómo?- gracias a los efectos de Compiz. Siempre he sido muy independiente para el tema de la computación porque no me gusta esperar a nadie que pueda ayudarme, quiero hacerlo todo de inmediato, así que me largué a instalar Ubuntu sin saber casi nada del tema y más encima en un momento en que usar esta distro no era precisamente sencillo. La cosa es que dejé la embarrada en el computador, no pude hacer funcionar el internet ni mucho menos la tarjeta gráfica y, por ende, los efectos. Ahora entiendo el porqué, pero en ese momento me horroricé y me devolví lo más rápido que pude a Window$ XP.

Durante mucho tiempo estuve diciendo que usar GNU/Linux era demasiado difícil para mí, hasta que apareció JP Neira convenciendo a mi novio de que dejáramos el imperialismo de Micro$oft y él cedió. Nos comprometimos a cambiarnos juntos para ir aprendiendo de a dos. Por suerte esta vez conté con la asistencia de Juan Pablo en todo sentido, pues el cambio no fue sólo por un tema de atractivo visual o gratuidad, sino por razones ideológicas que antes no conocía. Usar Software Libre para mí representó desligarme de un Imperio computacional que comete una serie de “infracciones” a la libertad del usuario como: 1) Prohibirte usar el SO en varios computadores a la vez 2) Cobrarte, no por obtener el disco, sino por la licencia del programa y sistema operativo que deseas 3) Acumular información de cómo usas el SO sin autorización previa 4) Entregar esa información a otras organizaciones 5) Realizar cambios en tu sistema sin previo aviso 6) Crear programas no-compatibles con versiones añejas de Window$ que finalmente te fuerzan a actualizarte y mucho más. Es cierto que se puede ocupar una copia pirata de Window$, pero ¿de qué sirve tener instalado un sistema de una compañía que hace todo para ganar dinero y nada para facilitarte las cosas? ¿No es mejor apoyar proyectos libres, que buscan lo mejor para la comunidad y no para los bolsillos individuales?

Hace un año que uso sólo GNU/Linux en mis computadores y puedo decir que he aprendido muchísimo. He pasado por varias distros: Trisquel, Ubuntu, Kubuntu, Xubuntu, Linux Mint, Debian, Fedora (en estas dos sólo dure unos 10 minutos xD), entre otras que no recuerdo. Mi favorita siempre ha sido Trisquel, tanto por su facilidad de uso, como por el hecho de ser 100% Software Libre. Sólo la dejé de usar en mi netbook Acer Apire One D260 porque tenía una tarjeta Wifi privativa, así que terminé vendiendolo y comprando un notebook compatible.

Pero no quiero meterme en cosas técnicas. Sobre eso hay mucho escrito y la importancia que le doy al Software Libre -y que quiero compartir con ustedes- va mucho más allá de eso. Una de las cosas que más me ha sorprendido es la tremenda comunidad que hay en torno a este tipo de software. Una comunidad servicial, siempre dispuesta a ayudar. Cuando tienes problemas con alguna distro, puedes encontrar muchísimas posibles soluciones facilitadas por usuarios como tú, que tienen un poco más de experticia o experiencia en el área. Porque claro, como señala Stallman, el Software Libre conlleva algo de cooperación y compañerismo porque el código de los programas y su creación deja de ser un conocimiento secreto de unos cuantos para ser algo que cualquiera con algo de voluntad y tiempo pueda aprender.

¿Inconvenientes? La mayoría han sido técnicos, como la incompatibilidad del hardware (provocada no por GNU/Linux, sino por los drivers de algunas empresas que siguen siendo de código cerrado y/o privativo), pero durante un tiempo igual me afectó la falta de costumbre y la ausencia de juegos conocidos (no la ausencia de juegos, porque GNU/Linux cuenta con una amplia gama de ellos). Nada insuperable, nada que no valiera la pena por una buena causa. Bueno, por una causa y por la otra serie de factores que podrán encontrar en cualquier lado: seguridad, estabilidad, gratuidad, velocidad y, lo más importante, libertad (de usar, compartir, indagar, aprender).

Este 24 de enero se vota en USA una ley que nos afectara a todos: Stop Online Piracy Action (SOPA). Si bien cuenta con muchos opositores, es posible que se lleve a cabo igual. ¿Qué hacer ante esto? Mi respuesta sería volcarnos hacía la comunidad libre. Escuchar y descargar música sin derechos de autor, usar Software Libre, descargar libros de autores que suben sus publicaciones de manera gratuita a la red, etcétera. Porque por más que SOPA se detenga ahora, los poderosos van a seguir lloriqueando para controlar el internet. Fomentar la comunidad libre los deja desarmados. Nos jodemos a sus grandes compañías a través del boicot, de paso no hacemos un sacrificio tan grande porque tenemos alternativas y fomentamos la libertad y la cooperación al menos de manera virtual (la idea sería llevar esto a cabo también en vivo).

Algunas citas de Richard Stallman, fundador del Movimiento por el Software Libre y programador:

 – “Poner patentes a licencias sobre el software es como poner patentes sobre las recetas culinarias. Nadie podría comer a menos que pagara por la licencia de la receta“
– “Beethoven era un buen compositor porque utilizaba ideas nuevas en combinación con ideas antiguas. Nadie, ni siquiera Beethoven podría inventar la música desde cero. Es igual con la informática“
– “A Microsoft no le gusta que escapemos a su poder“

¡Feliz 2012!

No se me ocurría una manera de desearles un feliz año hasta que vi el avance de La Educación Prohibida. Este vídeo me trajo muchas esperanzas, no sólo de lo que va a ser este año, sino del futuro del sistema educativo en general. Ojalá el cambio que se espera para este 2012 signifique la llegada y difusión masiva de nuevos paradigmas, porque ya viene siendo hora.

Y recuerda: conviértete en el cambio que quieres ver en el mundo.

Hacer activismo con los hijos

Hace un tiempo discutía con varias personas que pertenecen a una agrupación de padres y madres veg[etari]anos. La discusión se armó cuando una madre llegó diciendo que se había dado cuenta que imponer cualquier idea, por buena que pareciera, no era un acto de amor, así que había decidido permitirle a su hija elegir si comer carne o no. Ya estaba harta de armar una guerra en torno a la comida. Su posición me pareció sumamente acertada y la comparto: es más, desde que supe que estaba embarazada tuve claro que Samanta sólo iba a ser vegetariana hasta que adquiriera conciencia sobre sus alimentos. Si luego quiere comer carne, yo misma se la cocinaría.

La cosa es que después del comentario de la señora, llegaron montones de personas a decir que cosas como “nosotros sabemos lo que es mejor para nuestros hijos” y “los niños tienen que aprender a confiar en sus padres y comer lo que se les sirve en la mesa”, lo cual me pareció sumamente gracioso porque esas mismas personas son las que en algún momento tuvieron que batallar con sus propios padres para poder ser veg[etari]anos. También comentaban cosa como “si mi hijo quiere comer carne, que lo haga fuera de mi casa”. Postura que tampoco consideré coherente debido a que si es uno el que cocina carne en su casa al menos puede buscar granjas tradicionales para asegurarse que el animal no ha sido criado en tan malas condiciones como las industriales.

Gracias a ese debate me puse a pensar en uno más amplio: ¿es válido hacer activismo con nuestros hijos? Mi respuesta es que no. Una de las razones de mi negativa es que si uno intenta motivar o imponerle a los hijos que crean en lo mismo que uno al final la cosa resulta al revés. De tanto oír a tus padres predicarte una cosa, terminas quedando chato y con ganas de hacer todo lo contrario, quizás no siempre de manera consciente. Pero la otra razón, aún más importante, es que no es “justo” para el niño estar recibiendo el constante adoctrinamiento de sus padres, sea este relacionado con la alimentación, con su comportamiento o con su sexualidad.

Una cosa es predicar a personas que no viven con uno y sobre las que no tenemos ninguna influencia inherente. Pero otra muy diferente es joder a los niños día tras día con discursos sobre lo que comen, lo que hacen, lo que leen, lo que ven, etcétera. Por ejemplo, para abordar el consumo de carne con los hijos creo la cosa debe ser más bien casual: que el tema surge y se comente, pero no como algunos padres pretenden hacerlo: mostrar documentales, fotos, hacer comentarios a cada rato… Yo lo viví en el sentido inverso, pues a mi madre no le agradaba que fuera vegetariana y es terrible saber que cada comida tiene un potencial riesgo de que alguien llegue y te dé discursos sobre ello.

Con esto no quiero decir que no se pueda conversar con los hijos o entregar tu punto de vista. Sólo me parece necesario diferenciar esto de la prédica. La conversación es casual, breve, permite al otro entregar sus puntos de vista sin menospreciarlos y permite la retroalimentación. La prédica, por el contrario, es extensa, insistente y contiene el peso de la autoridad, por lo que no permite contradicciones. Yo soy vegetariana por compasión hacía los animales (humanos y no humanos) y hacía la naturaleza, pero aún así no me gustaría inculcarle a mi hija esos valores. Sí hablarle de ellos, enseñarle y mostrarle lo que sufren los animales, pero inculcarlo, entendiendo esto como la constante repetición de ideales o la obstinación de lo que se siente y se prefiere, no. Por la simple razón de que no quiero ponerle etiquetas, ya sean religiosas, morales o psiquiátricas. Que ella elija sus propias etiquetas. Yo puedo enseñar, por supuesto, pero como ya dije, no me gustaría inculcar.

Obligar a nuestros hijos a ser vegetarianos o veganos es adoctrinar, por más que se cubra de palabras bonitas. El mismo lenguaje es utilizado por personas que obligan a sus hijos a rechazar a los homosexuales, negros, etcétera. Aún cuando tengo plena seguridad de que lo correcto es no comer animales, especialmente de aquellos que provienen de la industria, si obligo a mi hija a seguir lo que yo pienso -por más argumentos que tenga a mí favor- estaré adoctrinándola.

Si de verdad a alguien le interesa que sus hijos sigan ciertos valores o se comporten de cierta forma, pues debieran predicar con sus acciones: la única carta válida es dar el ejemplo (los niños generalmente hacen lo que ven y no lo que les digan que hagan). Y claro, también es posible que los hijos no hagan lo mismo que nosotros, pero ¿cuál es el problema? Puede que los hijos salgan de nuestro cuerpo, pero al fin y al cabo están destinados a ser seres autónomos, con su propia forma de pensar.

Hay una imagen que me enviaron una vez en donde unos padres vestidos como punks se despiden de su hijo vestido con un terno y se preguntan qué hicieron mal. Imagino que la persona quería decir que eso me iba a pasar a mí. Me causo una gracia triste, porque esa es la regla: padres que se decepcionan de sus hijos sólo porque estos hacen lo que uno no quiere que hagan. En mi caso tengo bien claro que quizás mi hija no sea como yo y no profese mis valores. ¿Me sentiré decepcionada? Jamás. Mientras sea feliz, mientras elija lo que ella considere correcto, me sentiré triunfante como madre. Por cierto, no se imaginan la tristeza que me invade el escuchar a adolescentes diciendo que ojalá sus padres fueran así…

Para crear futuros esclavos

Uno de los principales beneficios de comprar libros usados, además del precio, es que encuentras títulos imposibles de encontrar en otros lugares. Fue en una preciosa librería en San Diego en donde encontré Escuela para padres (Tomo I) de Eva Giberti. No fue sino hasta hace poco que me puse a leerlo: la verdad es que lo compré más pensando en una fuente de investigación histórica que en un libro que me fuera a ser útil ahora, ya que al ser publicado en 1961, bueno… Me imaginaba un escrito de corte mucho más tradicionalista, pero resulta que no: Eva Giberti es una psicóloga, psicoanalista, profesora y asistente social argentina, caracterizada por su defensa a los DD.HH, estudios de género y su prioridad a la libertad en la educación de los niños.

Del libro mencionado quisiera compartir un artículo que me pareció sumamente interesante, sobre todo considerando que en nuestro país está el boga el tema de la educación. Para crear futuros esclavos es un texto que trata sobre la necesidad de fomentar la libertad y creatividad en las escuelas y en el hogar. Se hace una mención a la URSS que me parece interesante: por aquel entonces se creía que el capitalismo realmente podría traer más libertad que el socialismo soviético, pero quiénes vivimos en la actualidad nos podemos dar cuenta que si bien existe mucha libertad para vender, poner altos precios y saquear la naturaleza, también existe mucha manipulación para vender dichos productos e imponer tendencias, socavando las posibilidades de libertad. La escuela, al menos para las clases baja y media, es una instancia para crear mano de obra barata y se continúan apoyando modelos familiares tradicionalistas, arcaicos y adultocentristas. Hago estos reparos para que el artículo sea leído en contexto y se hagan las actualizaciones necesarias para ver cómo puede aportar a nuestro país y cultura occidental en general.

Para crear futuros esclavos de Eva Giberti [1]

Bajo el común denominador de “peligros morales” se encierra una atiborrada serie de riesgos, aparentes y reales, que sobrevuelan o se agitan alrededor del niño: la educación sexual, la vagancia, la convivencia con compañeros calificados como no aptos, el enfrentamiento con situaciones groseras y traumáticas, las experiencias tempranas alrededor de hechos que debieran esperar una mayor madurez, los ejemplos poco edificantes, la falta de sanciones para delitos punibles y la gama total de enumeraciones que, dentro de nuestra cultura, nos permite hablar de peligros morales para la niñez, sin descontar la buena dosis de prejuicios y fariseísmo que condimentan muchos hechos realmente no peligrosos. En general, si bien no hay todavía entre nosotros un conciencia nítida alrededor de lo que sí representa un riesgo para el chico, existe la posibilidad de polémica en favor de uno y otro postulado. Lo grave reside en aquellos sectores donde la inercia, el hábito, la indiferencia o la falta de información o meditación, permiten el desarrollo de prácticas educaciones que también constituyen peligros morales no solamente para un niño, sino para generaciones íntegras. Me refiero concretamente al peligro de la masificación, de la estandarización, de la pérdida definitiva de la personalidad en aras de postulados sociales, de orden y equilibrio, que conducen al hombre a ser cada vez menos individuo, menos personal y a diluirse en la indiferenciada multitud de los que coinciden, de los que obedecen ciegamente, de los que aceptan, de los que no revisan ni crean. La destrucción de la personalidad es un peligro moral que, viniéndonos desde afuera y partiendo desde los otros, sólo precisa encontrar campo propicio para  germinar. Una buena preparación de ese terreno la constituye la tendencia a la uniformidad y la persecución sistematizada y temprana de toda reacción o comportamiento original, capaz de salirse de los principios corrientes, habituales. La escuela, al menos entre nosotros, es la mayor fomentadora de los esquemas rígidos y tradicionales, no en lo que de importante y valiosa tiene una tradición, sino en cuanto es cómoda, conocida y bien probada. No sólo aquello que se enseña, sino cómo se enseña, constituyen increíbles ejemplos de mediocridad y estancamiento contra los que heroicamente luchan muchos educadores responsables.

Aquello que empieza con aulas de bancos simétricamente dispuestos, en los que los chicos no pueden moverse, que continúa con respuestas estereotipadas y dibujos calcados en cuadernos que deben ser todos igualitos y que se perpetúa en la enseñanza no renovada de hechos que, además de falsear realidades, no colocan al chico en su realidad inmediata, encuentra excelente eco en aquellos hogares donde los hijos deben comportarse y actuar como los demás y no como su personalidad lo señala. No es por casualidad que nuestros estudiantes universitarios están perdiendo el hábito de la bibliografía, lo mismo que los secundarios, y reclama apuntes para estudiar todos lo mismo en el menor tiempo posible. El hábito de pensar y discernir se está quebrando para entregar iniciativas fundamentales en manos de otros que piensen y decidan por nosotros: el peligro moral están en la entrega de nuestra originalidad, entrega que preparamos desde la niñez, vendiendo el derecho a ser distintos, de ser individuos, a instituciones o individuos que resuelvan en nuestro nombre. No puedo menos que transcribir un párrafo de Bertrand Russell, quien, en el terreno de lo internacional, ofrece un planteo y un contrapunto clarificador. Dice así:

“Están disputándose el mundo dos concepciones muy distintas de la vida humana. Para nosotros una gran sociedad es aquella que está compuesta por individuos que, en la medida humanamente posible, son felices, libres, creadores… El individuo debe tener su conciencia personal y sus fines personales, con libertad para desarrollarlos, salvo cuando causa daño a los demás… El gobierno ruso tiene una concepción distinta de los fines de la vida. Juzga que el individuo no tiene importancia y que cabe gastarlo… Se cree justo que los hombres sean esclavos rastreros, inclinados ante esos seres semidivinos que encarnan la grandeza del Estado”.

Las dos posiciones están claramente expuestas y si bien existen los matices intermedios, a nadie escapa que la mejor manera de condicionar futuros esclavos es permitir que se eduque a nuestros chicos en la monótona repetición de esquemas que no condicen con su ínsita personalidad. Por ello este capítulo tiene, como finalidad inmediata, señalar a los padres preocupados por la moral de sus hijos un aspecto soslayado y poco debatido: la posible transformación de los hijos en hombres-masa, lamentable destino de los niños preparados para conformarse y repetir.

[1] Giberti, Eva. Escuela para padres. Tomo I. Buenos Aires: Esece Editora, 1968.

¡¿Qué pasa con Glee?!

Admito que hasta hace poco me consideraba una Gleek. Desde que comencé a ver la serie quedé encantada tanto con los artistas tan talentosos que eligieron para actuar en ella, como por las temáticas tratadas. Sin embargo, ese fanatismo ha decaído con el desarrollo de las dos últimas temporadas. Si bien esto se debe a muchas razones (la falta de coherencia argumental me saca de quicio y el hecho de que hayan hecho un reality para elegir a los próximos actores me hizo ver lo vendidos que son los creadores de Glee), pero esta vez quisiera concentrarme sólo en una: la extraña visión que han presentado de la mujer.

En la primera -y algo de la segunda- temporada, las chicas parecían ser personajes fuertes e interesantes o al menos tener potencial de serlo. Cuando Quinn Fabray se da cuenta de que no necesita a un chico para seguir adelante (luego del baile de graduación) o cuando Rachel decir que su sueño es su prioridad e incluso las ocasiones en que Mercedes se acepta a sí misma son geniales. Pero luego, entre la segunda y la tercera temporada, Quinn se vuelve algo chalada y sólo quiere recuperar a su hija (aún a costa de hacerle daño), Rachel acepta a Finn a pesar de todo el daño que le ha hecho (y a pesar de lo hipócrita que es) y Mercedes olvida todo lo que aprendió sobre aceptación, respeto y compañerismo por las palabras de su novio, que la insta a ser una diva (cosa que ya se había tratado antes en la serie y parecía ya superada).

Si bien entiendo que la serie está en pleno desarrollo y aún queda mucho camino, creo que los pasos que el desarrollo del guión hasta ahora parece propio de un misógino. Como bien decía un texto que se anda difundiendo por Tumblr:

En Glee, si eres chica puedes ser:

– Una perra ambiciosa.
– Una perra loca.
– Una perra malvada.
– Una perra tonta.
– Una perra.

Si eres chico puedes ser:

– Un líder.
– Un chico malo con corazón de oro.
– Un valiente homosexual.
– El profesor más genial.
– Rey del universo (xD!!).

Lo peor es que no es chiste. Si hasta la entrenadora Beiste se pone las pilas para conquistar a un tipo que eligió a otra mujer y toma por enemiga a esta y no al hombre. O Shelby, llamando a Puck cuando Beth tiene un accidente, luego de haber sido presentada en la serie como una mujer totalmente independiente y capaz.

En el último tiempo me puse a ver One Tree Hill, mientras salía la nueva temporada de Glee. Curiosamente, una serie que se presenta con actores y personajes estereotipo fue capaz de desestructurar estos “modelos” de manera más existosa que Glee, que ha terminado afianzando aún más ciertos moldes. Una lástima, porque la serie prometía. Por más que ahora mejore siempre nos quedaremos con que Finn fue tomado por una excelente persona después de haberse mandado puros cagazos, mientras que Rachel aún en esta temporada sigue hablando de las malas decisiones que ha tomado (su novio ni recuerda las cosas malas que hizo), con el hecho de que Quinn haya querido recuperar a su hija después de un año sin mencionarla y con que a Santana y Britanny aún no se ven besándose mientras que a Kurt y Blaine ya los vimos en eso varias veces y hasta tuvieron sexo. ¡Una evaluación a los guionistas, por favor!

Sociedad adultocéntrica

Desde que nació Samanta el hecho de que vivimos en un mundo “adultocéntrico” se ha hecho cada vez más visible para mí. Caminar por la calle con un bebé que quiere mamar te hace notar que en realidad no existen muchos lugares para detenerse a hacerlo y si te sientas en el pórtico de alguna tienda no falta quién te mire mal por obstaculizar la vista de la vitrina o algo así. Ahora entiendo a los pobres padres cuyos bebés lloran en lugares cerrados. Se siente una tremenda frustración, porque no sabes como calmar a tu bebé, pero tampoco quieres que el resto te mire con cara de “asesinaré a tu hijo si no lo callas de inmediato”. Y la guinda de la torta, es ver como las opciones de lugares a dónde ir se reducen a unos cuántos parques y, por suerte para los capitalinos, a la Biblioteca de Santiago (también se puede ir a un mall, pero entre quedarme en la casa e ir a un mall…).

Hace un tiempo comenzó a aparecer la tendencia free child que, contrario a lo que hubiera deseado A.S Neill, no se trata de niños libres sino de servicios libres de niños. Hoteles, restaurantes, aviones, entre otros, en donde no se permite el ingreso de niños menores de cierta edad. Si bien la tendencia me parece aberrante, creo que es sólo la manifestación clara y honesta de lo que realmente siente la mayor parte de la gente hacía los niños: que son un estorbo. Por algo toda la sociedad está estructurada de una manera en donde los niños no tienen cabida. Al menos no solos. No es posible dejar a un niño sin restricciones en una tienda, ni en la calle, ni en un restaurant y los padres sabemos no sólo lo difícil que es “controlar” a un niño en esos lugares, sino lo mucho que aprenderían si no tuviéramos que hacerlo por los riesgos que eso conlleva.

¿Que los niños son el futuro? Sí, muchos lo dicen. Pero en ese cliché la palabra clave es “futuro” porque demuestra su verdadero interés, que no son los niños. Lo que realmente interesa es el niño en potencia, lo que el niño puede llegar a hacer por ellos, por el futuro, por el mundo, pero no le dan importancia al niño en sí mismo. No les interesa castigar, reprimir o sermonear a un niño con tal de que en algún momento cambie su manera de ser y se convierta en lo que desean que sea. No importa si un niño es feliz destrozando juguetes, porque lo que realmente importa no es la felicidad del niño sino las expectativas en torno a él.

¿Han notado que nadie promueve darle el asiento a los niños en el transporte público? ¿O que le pedimos favores a los niños constantemente, creyendo que están menos cansados que nosotros o que lo que están haciendo es menos importante? ¿Han notado que cada vez son menos las madres que amamantan porque ven primero su comodidad y no la del niño? ¿O que el primer reparo en cuanto a criar niños libres es la molestia que vamos a sentir a causa de ese tipo de crianza? ¿Han notado que muchas parejas homosexuales no tienen reparo en contratar un vientre de alquiler, sin pensar en el dolor que puede sentir una criatura al ser separada de su madre? Todo esto es síntoma de una sociedad adultocéntrica, en donde los niños aún no tienen cabida. ¡Si ni siquiera nuestros hogares son aptos para niños! No sirve de nada establecer mil políticas en torno a la familia si como sociedad no comenzamos a cambiar esa actitud frente a los menores de edad. No sirve de nada ser anarquista si vamos a querer conducir las vidas de nuestros hijos. No sirve de nada ser anti especista si vamos a discriminar a otros seres humanos por su edad.

Lo único terrible (y al mismo tiempo, una de las tantas cosas maravillosas) de haber tenido a Samanta es que ahora me doy cuenta que yo también estuve participando durante muchos años en ese “juego”. Que, emulando a mi madre, le grité a mis hermanas y las hice callar. Que critiqué a niños por llorar en el supermercado o por no quedarse quietos en una sala de clases y me quejaba si un bebé lloraba en una micro. Y, en cierta forma, entiendo a la gente y por lo mismo aquí no quiero hacer una condena sino un llamado de atención. Quiero que abramos un poco las mentes y nos demos cuenta de que, si quisiéramos, podríamos crear una sociedad en donde los niños sí tengan cabida. Que podemos convivir con ellos sin necesidad de caer en el juego de poder y que hay tanto, ¡tanto!, que aprender de ellos que el cambio es realmente necesario. Si vamos a decir que los niños son el futuro, al menos tengamos el reparo de otorgarles un buen presente.

“Nada, nada me agrada más
que ver a los niños jugando, descubriendo
sus instintos tersos y sus músculos flexibles, con esas risas
impredecibles como las rutas del viento. Ellos sí que saben
actuar como dioses, engendrar especies y mundos, dialogar
con los animales a empujones y balbuceos, venerar
los espíritus del barro y de las aguas. No acostumbro
pedirles nada a mis criaturas, pero hoy día les suplico
una sola cosa: dejen en paz a mis niños, no me los envejezcan
antes de tiempo, no enturbien sus inteligencias. Yo, el Señor, se lo pido
humildemente, por favor […]

No entristezcan, no corrompan, no levanten
sus manos contra mis niños. Déjenlos en paz, permítannos
a ellos y a Mí ser divinos: bañarnos en las fuentes de las plazas,
mearnos en el parqué y los pantalones,
llorar y matarnos de risa en sus iglesias y barbas:
así, malmirados pero felices, estamos bien. Ustedes tienen razón, después de todo:
ustedes son los grandes, los maduros, pero olvidan
que lo único que le falta al fruto maduro es podrirse.”

Marcelo Fuentes.

El menoscabado feminismo

Por alguna razón, el feminismo suele despertar reacciones de lo más peculiares, ya sea en mujeres como en hombres (aunque generalmente los segundos son los que reaccionan peor). Por más que uno explique que feminismo es libertad de elección, respeto e igualdad, la mayor parte de las personas sigue insistiendo en que el feminismo es la contraparte del machismo e implica la creencia en la superioridad de la mujer.

Es más, hace poco, Leslie Power se refirió a las complicaciones de la mujer actual (extensas jornadas laborales, menos tiempo para criar, delegar funciones de crianza en desconocidos) como “las malas jugadas del feminismo” [1]. Esto pasando por alto que Beauvoir siempre habló de la maternidad velando por el bienestar de la madre y su hijo [2] al igual que Emma Goldman [3]: ambas postulaban que la maternidad debía ser libre (¿qué madre puede ser “buena” si no está feliz o al menos conforme con su situación?). Por supuesto, han sido mal interpretadas (en mi opinión, a propósito, pues sus textos son tan claros que no hay mal interpretación posible). Incluso Betty Friedan consideraba la maternidad como un freno en su contexto, pero no en general y en el nuevo prólogo de La mística de la femeneidad presenta una nueva causa para el feminismo: buscar que las jornadas laborales dejen de ser tan enfermizas y formar una sociedad en donde la madre, el padre y los hijos tengan cabida y no sean un estorbo en la maquinaria.

Decir que una mujer no debe ser madre no es feminismo. Decir que la mujer está por sobre el hombre no es feminismo. Ambos postulados se alejan por completo de la idea del feminismo que significa, como ya dije, libertad de elegir, igualdad y respeto. El hembrismo es la contraparte del machismo. Y las extensas jornadas laborales y la delegación del cuidado de los hijos en desconocidos no son un conflicto causado por las teorías feministas sino por el capitalismo y el neoliberalismo, que buscan por sobre todas las cosas la eficiencia material y no la felicidad o el bienestar del individuo (como bien indicó la “Alejandrita” [4]).

Pero bueno, todo lo anterior aún no me sirve para desentrañar de dónde viene esta visión negativa del feminismo. No logro entender como postulados tan claros fueron desvirtuados y como una causa que abogaba por eliminar el patriarcado se convirtió en conseguir sueldos decentes en un sistema que ya estaba podrido hace tiempo.

Dejaré esta como una entrada sin concluir, pues me queda como tarea pendiente investigar en qué momento sucedió esa desvirtuación. A las personas que me leen les dejo una pregunta: si no concuerdan con el feminismo o si alguna vez no concordaron con este, ¿a qué se debe/debió? ¿Tuvieron siempre esta idea del feminismo o tenían otra? Y si tenían otra, ¿de dónde la obtuvieron?