Los Juegos del Hambre: un soplo de aire fresco

¿Han notado cuántas novelas juveniles hay en el mercado desde que salió Harry Potter? Es probable que considerando el éxito económico que supuso esta saga para J.K Rowling sean cientos los autores que se han lanzado con sus propias franquicias para probar suerte. Ciertamente no lo han hecho para comunicar un mensaje. Al principio eran malas copias de la saga del mago, pero gracias a la influencia de Crepúsculo ahora todas las novelas juveniles de fantasía y ciencia ficción (por suerte, aún en menor medida) están enfocadas en lo que más parece gustarle al público femenino: el romance. Desde zombies hasta hombres lobo caen ante la influencia de cupido.

Además del romance, todas estas sagas tienen en común es que ninguno de sus autores toma en serio a los adolescentes a los cuales se dirigen. Una relación simplona, personajes estereotipo, finales felices, poca profundidad psicológica y la ausencia de cualquier tipo de mensaje o significado lo demuestran: estos libros están escritores exclusivamente para ganar algo de dinero explotando a una juventud influenciada desde su infancia a consumir ese tipo de historias.

Cuando en el 2008 se estrenó la primera película de Crepúsculo toda esperanza parecía perdida. Las sagas semejantes no hacían más que reproducirse a pasos agigantados, así que cuando me recomendaron Los Juegos del Hambre pasé la recomendación por alto. No tenía ningún interés en acercarme siquiera a este tipo de novelas después de leer unas cuantas páginas escritas por Stephenie Meyer. Por supuesto, leer los comentarios en internet de los fanáticos de Los Juegos del Hambre no ayuda: su único enfoque es el triángulo romántico entre Katniss, Gale y Peeta, así que mi primera impresión fue que se trataba de otra saga para llenarle los bolsillos a alguien. Al poco tiempo tuve la oportunidad de leer un par de reseñas interesantes que me llevaron a tener intenciones de darle una oportunidad al libro de Suzanne Collins, pero los libros nunca estaban disponibles en la biblioteca. Al comprar mi Nook siempre habían cosas más importantes que leer, así que recién le dí una oportunidad a Los Juegos del Hambre hace una semana, cuando me regalaron el primer libro y, al no tener cerca nada más, comencé a leerlo. Fue un viaje sin retorno.

A diferencia de otras historias, lo primero que se puede notar apenas lees unas páginas es que no se trata de otra típica novela adolescente. Nuestra protagonista es una chica pobre, sumida en la miseria, sobre la cual recae el peso de mantener a su familia. Tiene un carácter rudo y hostil, pues al vivir en una sociedad dictatorial aprendió a esconder sus emociones para no ponerse ni a ella ni a su familia en peligro. Katniss Everdeen no es otra Bella Swan, ni siquiera un nuevo Harry Potter. A diferencia de estos, es una persona que debe preocuparse por su supervivencia diaria y de quienes ama, es alguien que arriesga su vida de las mismas maneras que nosotros mismos podríamos arriesgarla: pasando hambre o desafiando la ley. Además, es un personaje al que vemos deteriorarse con cada vivencia. Mientras Harry parece ser inmune a los continuos ataques en su contra (al menos hasta La Orden del Fénix), Katniss sufre con cada muerte que ve, incluida la de quienes en teoría deberían ser sus enemigos. A las heridas psicológicas se le suman las heridas corporales que va adquiriendo con las batallas y el agotamiento mental que supone aguantar todo eso. En la saga de Los Juegos del Hambre podemos leer el relato real de las consecuencias de una guerra.

La relación romántica en Los Juegos del Hambre tiene pinta de relleno en la primera novela, sin embargo al seguir con los dos libros restantes se va comprendiendo más la naturaleza del triángulo amoroso. No se trata sólo del desagradable “Team Peeta vs. Team Gale” que algunos fanáticos han asumido. Elegir entre Peeta y Gale supone, para Katniss, elegir una actitud frente a las desgracias que ha padecido. Resulta novedoso que, en una novela juvenil, la elección de pareja no tenga que ver tanto con las características de un personaje u otro, sino con lo que supone para quién está tomando la decisión (como sucedía en BtVS). Sin mencionar que esto NO es el eje de la historia. Es algo que se desarrolla al margen del relato, que forma parte del mismo pero que no lo llega a absorber.

Aún más genial me pareció el hecho de que esta saga no se trate de otra distopia en donde los malos son genéticamente malos y los buenos, buenos. Katniss sí se cuestiona las razones de sus “enemigos” para actuar como actúan y es capaz de comprender que, en otras circunstancias, ella misma o sus seres amados podrían haber caído en lo mismo (y algunos, de hecho, lo hacen). Suzanne Collins no usa este relato para darle al público lo que quiere leer: las escenas de violencia no están ahí para entretenernos, están ahí para qué veamos las consecuencias.

Los Juegos del Hambre es la saga que siempre quise escribir: ciencia ficción, política, psicología, sociología, realismo y la justa dosis de entretención y romance, todo en un sólo relato. ¿Tiene defectos? Claro, como todo, pero no cae en las mismas tonterías que el resto de las sagas juveniles actuales y se nota que Collins no parte asumiendo que sus lectores son unos descerebrados. Aunque ya están saliendo copias baratas de Los Juegos del Hambre espero que más gente tome el ejemplo de esta autora y se dé cuenta de que se pueden escribir libros entretenidos y profundos, de que es posible llegar a los adolescentes sin necesidad de darles lo mismo que ven a diario en la televisión y el cine. Espero que este soplo de aire fresco de la literatura juvenil no sea sólo pasajero y que traiga consigo un huracán que se lleve lejos todas las variantes de Crepúsculo.

Y enseñar locamente

Título original: And madly teach
Autor: Loyde Biggle, Jr.
Año de publicación: 1966
Género: Ciencia ficción
Editorial: Bruguera
Edición: 1973, publicado en Ciencia Ficción, Tercera Selección

Mildred Boltz es una profesora de inglés que ha ejercido su profesión por veinticinco años. Es lo que la apasiona y lo que en un principio la llevó a enseñar en una colonia en Marte. Sin embargo, problemas de salud la obligan a regresar a la Tierra, en donde descubre que el sistema escolar de este planeta es completamente distinto y su metodología -clases presenciales, exámenes, jerarquías- es considerada obsoleta. Boltz deberá competir contra otras insólitas formas de enseñanza para poder mantener su puesto y así seguir trabajando en lo que ama.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído este cuento y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Una de las cosas fascinantes de la ciencia ficción es que la mayor parte de sus autores buscan hacer una suerte de advertencia al lector. Esta advertencia suele estar enfocada en que lo que solemos considerar “progreso” no siempre tiene los efectos deseados y a veces nos pueden jugar en contra. No es que estos autores no aprecien lo positivo que han logrado los conocimientos científicos y tecnológicos; sólo tratan de ver las dos caras de la moneda. Y así es como nos hemos topado con libros sumamente certeros en cuanto a sus “predicciones”, como El mundo feliz de Aldous Huxley.

Y enseñar locamente no es la excepción; la idea de este relato es presentar los potenciales peligros de la educación llamada progresista y al mismo tiempo los peligros “de un posible «buen» uso de la televisión” (50). Mientras en Marte Mildred Boltz practicaba una metodología de enseñanza de corte tradicional, en la Tierra la educación se imparte a través de las pantallas a miles de jóvenes al mismo tiempo. Sin exámenes ni la presencia de los estudiantes, la única forma de medir la calidad de un profesor es a través de una especie de rating; el Trendex. Por esa razón los profesores, en lugar de esforzarse por enseñar bien, tienen que esforzarse por entretener lo mejor posible a su audiencia y así evitar que cambien de canal.

Si leen mi blog habitualmente se darán cuenta de que estoy totalmente en contra del sistema escolar tradicional y siempre estoy buscando alternativas al mismo. Y enseñar locamente, por el contrario, plantea que el sistema tradicional es bastante bueno y llega incluso a utilizar uno de los recursos más odiosos que tengo que enfrentar al momento de conversar o discutir sobre educación con alguien: “Una pregunta, caballeros. ¿Cuántos de ustedes han recibido su educación bajo esas funestas circunstancias [escuela tradicional] que tan elocuentemente acaba de describir Wilbings? […] Y díganme, señores, ¿atribuyen ustedes su actual estado de «degeneración» a este sistema educacional tan siniestro?” (84). Se trata del típico apelativo a la experiencia, que pasa por alto el hecho de que es muy poca la gente que va a reconocer falencias en sí mismo o que es capaz de determinar el origen de las mismas.

Pese a ello, me gustó el cuento de Biggle. Es decir, está bien escrito (los personajes son bastante planos, pero se comprende, pues la intención era presentar la idea no profundizar en la psiqué de estos) y además la advertencia hace bastante sentido. En busca de mejorar el sistema tradicional de enseñanza se puede caer en soluciones que en realidad no lo son. Por ejemplo, cuando algunos autores señalan que los niños deben entretenerse con el aprendizaje se refieren a un proceso natural, de sincero interés y no a algo forzoso que deba lograrse a través de efectos visuales o bailes eróticos.

Además, el cuento tiene algo muy rescatable y que aún hoy es una lección importante: el énfasis en la necesidad del contacto humano para poder aprender. Es decir, podemos aprender de libros y pantallas, pero es en la retroalimentación con otros en donde se encuentra la riqueza del conocimiento humano. A través de su protagonista, Biggle nos recuerda que la educación no sólo es impartir “conocimientos”, sino también fomentar los espacios de interacción que, en un mundo en donde priman las pantallas, se hace sumamente necesario.

La Tregua

Autor: Mario Benedetti
Año de publicación: 1960
Género: Novela, Cotidiano
Editorial: Planeta
Edición: 2006

Martín Santomé, viudo desde hace poco más de 20 años, se prepara para su jubilación. Comienza a escribir un diario haciendo en parte planes o cavilaciones para su futuro ocio y en parte un recuento de su vida hasta el momento. Su vida rutinaria es interrumpida por un inesperado romance y de a poco se van disipando algunos temores sobre el futuro, regresa parte de su pasión por vivir y todo comienza a parecer mejor. Sin embargo, un inesperado suceso hace de ese momento de felicidad una tregua del tedio y de la oscuridad en la que volverá a sumergirse Santomé.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído la novela y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Leí este libro por insistencia de mi hermana, quién me lo recomienda desde hace casi un año, y por la casualidad que lo puso en mi camino. La curiosidad me hizo tomarlo y comenzar a leerlo y luego simplemente no pude parar. Por alguna extraña razón no sospechaba que Benedetti escribiera tan bien ni mucho menos que pudiera hacer de la cotidianidad algo tan interesante y digno de leer. La verdad es que no era muy afín a la literatura latinoamericana, hasta que entre el año pasado y este año he descubierto a una infinidad de autores interesantísimos. Lo que pasa es que en ocasiones creo que los autores latinos escriben sobre un mundo que no es el mío ni el de mi generación: me siento más identificada con el miedo futurista de la ciencia ficción que con el realismo mágico de García Márquez, por ejemplo. Pero la identificación con autores latinoamericanos más viejos suele ir por otro lado, por un lado más introspectivo. Quizás el mundo en que vivió María Luisa Bombal ya no sea el mío, pero sus dudas, temores y pasiones sí que lo son.

Perdón por el desliz. Regresando a La Tregua, he quedado maravillada por la maestría del autor, pero indignada por el entorno en que nos ha tocado vivir. ¿Es eso la vida? ¿Trabajar, trabajar, para luego sentarnos a descansar, cuando nuestro cuerpo ya no nos acompaña y mucho menos las ganas? Para mí el libro fue justamente un llamado a no caer en ese ciclo rutinario, a tener la voluntad de decir “¡Basta!”. Basta a la rutina, basta a las excusas, basta al conformismo, basta a la mediocridad y, sobre todo, basta a la mesura, que muchas veces controla impulsos que deberían ser expuestos en el mismo instante en que se sienten.

Creo que en muchos momentos sentí ganas de sacudir a Santomé y de gritarle que dejara de aplazar todo. Y en parte es un grito para mí misma. ¿Quién no ha caído en eso? Es como la historia de un pescador que aparece en una de las ediciones de Cuentos con alma. Planificamos como hacer de nuestra vida algo mejor, pero al final terminamos descuidando lo que ya tenemos. Y sí, es un tremendo cliché, pero ¿alguien hace caso? Es tan poca la gente que entiende el mensaje que no queda más que repetirlo.

La verdad es que no es mucho más lo que tengo que decir de este libro. Los personajes están descritos de manera preciosa, uno siente que es capaz de visualizarlos y hasta comprenderlos. Y así también las emociones del protagonista. El romance entre Santomé y Avellaneda me emocionó, pero como ya mencioné siento que el eje central del libro fue esa “crítica” al modus operandi de nuestra sociedad. Hace un tiempo salió en las noticias que en Alemania querían prohibir los besos en el trabajo y al leer este libro evoqué eso: en lugar de opacar las relaciones humanas, ¿no se deberían enfatizar? En lugar de promover salas cuna, ¿no se deberían disminuir las jornadas laborales para que la familia pueda estar más tiempo junta? Salomé lo expresó muy bien, cuando dijo que en su trabajo no se daba un ambiente propicio para relacionarse con la gente. Lo peor es que trabajos como los de él ahora son mucho más abundantes y al final parece que todo el mundo va a terminar encerrado en cubículos, contando los días para su jubilación o para un superficial acenso.

Para finalizar quería dejarles una cita que amé y que justamente se dio en un 17 de agosto (el día de mi cumpleaños :P):

“Para un futbolista, el máximo significa llegar un día a integrar el combinado nacional; para un místico, comunicarse alguna vez con su Dios; para un sentimental, hallar en alguna ocasión en otro ser el verdadero eco de sus sentimientos. Para esta pobre gente, en cambio, el máximo es llegar a sentarse en los butacones directoriales, experimentar la sensación (que para otros sería tan incómoda) de que algunos destinos están en sus manos, hacerse la ilusión de que resuelven, de que disponen, de que son alguien. Hoy, sin embargo, cuando yo los miraba, no podía hallarles en la cara de Alguien sino de Algo. Me parecen Cosas, no Personas. Pero ¿qué les pareceré yo? Un imbécil, un incapaz, o una piltrafa que se atrevió a rechazar una oferta del Olimpo. Una vez, hace muchos años, le oí decir al más viejo de ellos: “El gran error de algunos hombres de comercio es tratar a sus empleados como si fueran seres humanos.” Nunca me olvidé ni me olvidaré de esa frasecita, sencillamente porque no la puedo perdonar. No sólo en mi nombre, sino en nombre de todo el género humano. Ahora siento la fuerte tentación de dar vuelta la frase y pensar: “El gran error de algunos empleados es tratar a sus patrones como si fueran personas.” Pero me resisto a esa tentación. Son personas. No lo parecen, pero son. Y personas dignas de una odiosa piedad, de las más infamante de las piedades, porque la verdad es que se forman una cáscara de orgullo, un repugnante empaque, una sólida hipocresía, pero en el fondo son huecos. Asquerosos y huecos. Y padecen la más horrible variante de la soledad: la soledad del que ni siquiera se tiene a sí mismo” (177).

Hijos en Libertad

Titulo original: The free Child
Autor: Alexander Sutherland Neill
Año de publicación: 1953
Género: Pedagogía, Enseñanza, Crianza
Editorial: Gedisa
Edición: 1976

Alexander Neill (1883-1973) fue un educador “revolucionario”. Decepcionado del sistema escolar tradicional, fundó su propia escuela: Summerhill. En esta, los niños gozaban de una posición horizontal con profesores y directivos, así como de la libertad para aprender cuándo, cómo y lo qué quisieran. Neill consideraba que el aprendizaje forzoso es inútil, pues sólo sirve para aprobar exámenes; a largo plazo, los chicos se olvidan de todo lo aprendido. También pensaba que los niños tenían que vivir sus vidas en función de sus deseos y no en función de sus padres, profesores o autoridades gubernamentales. El principal eje de toda su obra es el enfoque en el bienestar emocional de los jóvenes, cosa que para el sistema tradicional es irrelevante. Hijos en Libertad es una de las tantas obras que Neill escribió sobre Summerhill. En esta se dedica a precisar las diferencias entre libertad y libertinaje y a responder las dudas de padres, profesores y jóvenes sobre temas relacionados a la crianza y a la enseñanza.

Leí por primera vez este libro estando embarazada. En aquel momento no conocía mucho sobre las pedagogías libertarias, alternativas o como quieran llamarlas, ni mucho menos sobre educación en casa. Sólo intuía que algo en el sistema escolar andaba mal. Mi principal motivación para leer el libro fue que no me gustaba del todo la forma en qué había sido criada y quería comprobar que existían maneras más libres de educar a un hijo. Lo curioso es que en aquel entonces Hijos en Libertad me pareció demasiado… libre. Hace un par de días lo releí y no puedo recordar qué ideas me parecieron tan descabelladas. Lo cierto es que las propuestas de Neill son bastante lúcidas, pero chocan a quién está inmerso en un sistema tan cerrado como el nuestro.

Lo primordial para comprender tanto el libro como los principios de Summerhill es diferenciar libertad de licencia. Neill explica que muchos padres no fueron capaces de entender que esa liberad que él pregonaba se aplicaba tanto a los padres como a los hijos (y a los profesores), por lo tanto la licencia vendría a darse cuando una de las partes trasgrede la libertad ajena. Por ejemplo, se consideraría licencia si un niño toma cosas de sus padres sin permiso o rompe los vidrios del hogar. Y sería libertad si un niño decide leer en casa en vez de ir a la Iglesia u opta por no bañarse en una semana. Sin embargo, cuando trata casos de licencia el autor siempre hace algunas precisiones. Que un niño de 3 años tome algún objeto de sus padres no es lo mismo que si lo hace un adolescente de 13. En el segundo caso (o sea, cuando los actos de licencia son cometidos por jóvenes que comprenden lo que están haciendo), más que castigar o repetir normas, Neill recomienda profundizar en las conductas de los hijos. En una de las cartas enviadas una señora manifiesta molestia porque su hija grita constantemente durante las conversaciones. Los padres ya le han explicado que su conducta es molesta, pero la niña sigue haciéndolo, por lo que le pide sugerencias al autor. Neill responde:

“El método represivo es inútil e implica una pérdida de tiempo. Me parece que su hija se siente inferior, un estorbo en la familia […] Y es muy posible que se trate de una protesta constante contra su postergación. ¿Pero por qué se inquieta por lo que, al fin y al cabo, es un problema de segundo orden? ¿Se preocupa por el adoctrinamiento que su hija recibe en la escuela o en la iglesia? Alguna vez se sienta tranquilamente a pensar: ¿por qué mi hija se muestra rebelde y desdichada?

Profundicen, señores, profundicen y dejen de preocuparse por los que no son sino síntomas exteriores de conflictos internos. Procuren llegar al fondo de las cosas, al meollo de la vida, más allá de los detalles convencionales que son efímeros y minúsculos. Su pobre chica tiene un agravio, una protesta, un infortunio que les oculta” (33).

Además de enfocarse en los problemas de fondo, me llama la atención lo que el autor menciona como “actitudes antivida”, que vendrían a ser la causa del excesivo descontrol de algunos jóvenes. Entre estas actitudes se encuentran, por ejemplo, la exigencia de modales, de permanecer limpio, educar a los niños con la visión de que el sexo es algo malo y pecaminoso o pautas morales rigurosas. Neill las ha nombrado así (antivida) porque considera que estas represiones impiden al niño ser él mismo y, por lo tanto, vivir tranquilo.

Neill también se opone a enseñar a los niños algún tipo de doctrina o religión, pues estas enseñan a las personas cómo vivir y nadie debería decirle a otro cómo hacerlo. El hecho de que sean niños no significa que podamos modelarlos a nuestra imagen y semejanza. Como dijo Dawkins, nadie catalogaría a un niño de anarquista o marxista, pero en asuntos religiosos es poca la gente que tiene algún reparo al momento de etiquetar a sus hijos e, incluso, de obligarlos a seguir la religión de sus padres.

En el libro también se hace mucho énfasis en permitir que los chicos elijan su propio camino en cuánto a la profesión. Aún hoy me sorprendo de la tremenda cantidad de jóvenes que estudian una carrera sólo porque sus padres quieren y lo obligaron de una u otra forma (ya sea con sobornos o castigos) y aún más es la cantidad que sigue estudiando aún cuando preferiría trabajar ya que el estudio no es lo suyo. Estar al tanto de estos casos hace notar que libros como este siguen estando vigentes aún medio siglo después de publicados.

La manera libre de criar a los hijos planteada por Neill es, desde mi punto de vista, el amor y el respeto en su máxima expresión. Es un modelo de familia horizontal, que tiene como propósito crear personas libres… Quizás no físicamente, porque aún vivimos bajo un estado que regula nuestras vidas, pero sí interiormente. Por lo mismo, Hijos en libertad puede servir para aquellas familias que deban enviar a sus hijos a escuelas tradicionales, pero sientan deseos de otorgarles libertad al menos en sus hogares.

Los reyes de la arena

85Título original: Sandkings
Autor: George R.R Martin
Año de publicación: 1979
Género: Ciencia ficción
Editorial: Ediciones B
Edición: 2007, publicado en Obras maestras: la mejor ciencia ficción del siglo XX

Simon Kress tiene una extraña afición por coleccionar seres vivos. Pero no de cualquier tipo: tienen que ser especies extrañas y violentas. Buscando nuevas criaturas Kress obtiene a los reyes de la arena, unos “insectos” con mente colmena capaces de idolatrar como un dios al dueño de turno. Los reyes de la arena también son capaces de armar sofisticadas guerras entre sí, con un formidable sentido del honor. Sin embargo, Kress no queda satisfecho con el desempeño de los seres y decide intervenir para intensificar dichas guerras.

Involucrarse en las guerras de las criaturas va contra toda recomendación hecha al momento de la compra y Kress no tarda en sufrir las consecuencias de su accionar.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído este cuento y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Los reyes de la arena son criaturas serenas, cuyas guerras tienen un carácter ritual. Es por esto que las batallas no acontecen con frecuencia. Simon Kress, incapaz de entender este hecho, comienza a privarlos de alimento y a dar fiestas a sus amigos para que puedan observar las encarnizadas peleas. Entusiasmado, uno de sus amigos comienza a llevar distintos animales para luchar con los reyes y hacer apuestas sobre el ganador. Así, las criaturas cada vez se van poniendo más furiosas: pintan a su dios con sádicas miradas. Debido a un imprevisto, estas se liberan del terrario donde están encerradas y luego de una serie de eventos y muertes, Kress cae en manos de sus “mascotas”.

El cuento de George R.R Martin trata dos ideas principales: la primera, mostrar como el poder seduce y corrompe a los hombres. Y la segunda, plantea que cuando ejercemos ese poder sobre otros, tenemos que ser conscientes de las posibles consecuencias y hacernos responsables por lo que hemos “creado”. En esta entrada quisiera sólo centrarme en la segunda, ya que es una idea que llama mucho mi atención.

Simon Kress puede parecernos despiadado: detesta las criaturas tiernas, le encanta presenciar la violencia entre sus mascotas e incluso la provoca. La repulsión hacía tal personaje resulta obvia y, sin embargo, el protagonista de este cuento es sólo una exageración de nuestra sociedad y de nosotros mismos. ¿Quién no ha gozado con la desgracia ajena? Programas televisivos se hacen millonarios mostrando los problemas de otras personas y vídeos en Youtube sobre accidentes contienen comentarios graciosos y burlescos, aun tratándose de casos graves. Incluso en la vida diaria existe esta tendencia: las bromas pesadas y el bullying son habituales en colegios y universidades. ¿Quién no ha culpado a sus hijos o hermanos por sus acciones, olvidando que muchas veces los provocamos o les causamos daños?

Si se analiza este tema a gran escala, una buena síntesis es la frase de Emma Goldman: “Cada sociedad tiene los delincuentes que se merece”. Simon Kress perturba a los reyes de arena hasta que estos, en lugar de idolatrarlo, lo odian y se rebelan en su contra. Socialmente muchos hacemos (o dejamos de hacer) cosas que permiten que la delincuencia no sólo se perpetúe, sino que se expanda. Sin embargo, tratamos de quitarnos la responsabilidad de encima mintiéndonos y afirmando que “es gente mala” o que “nada podemos hacer al respecto”.

Me parece importante que, al leer este tipo de cuentos (o al leer cualquier cosa, en realidad), seamos capaces de extraer algo más allá de lo literario. La mayoría de los autores, consciente o inconscientemente nos abren las puertas a reflexionar temáticas útiles para nuestra vida. George R.R Martin con Los reyes de la arena no es la excepción y me pareció bien sacar a relucir esta obra ahora, cuando en Chile existe una compleja situación política y social. Específicamente, el tan vilipendiado vandalismo. Mucha gente se empeña en buscar a los culpables, pero no examinan la propia sociedad en qué vivimos: esperan que los jóvenes reaccionen de manera pacífica, sin considerar que somos una nación con fuerzas armadas, con altas tasas de maltrato infantil y en donde los problemas siempre se quieren resolver con mano dura y más leyes.

Si la sociedad sigue funcionando como ahora (horarios laborales y escolares enfermizos, violencia como forma de control, carencia de diálogo, imponiendo moral y religiosidad, cobrando cada vez más a quién no tiene como pagar, incentivando el consumismo y un largo etcétera) tarde o temprano las personas se alzaran como enfurecidas criaturas, tal como los reyes de arena, sobre los que alguna vez fueron sus ídolos y figuras de autoridad. Lo más probable es que ya esté sucediendo.

Desafío 2011: 50 libros

Buscando información sobre el Encuentro Medieval me topé con el blog de Lady Triana y gracias a ella me enteré del Desafío 2011: 50 libros. La idea es leer 50 libros entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de este año. Valen los libros repetidos y las novelas gráficas. Como ando harto floja con la lectura, decidí sumarme al desafío y ver si logro leer 50 libros este año. Parece una buena medida para incentivar la lectura: ya hay más de 600 personas participando. Si quieres sumarte, sólo haz click en la imagen.

Como reglas personales, no agregaré libros de la universidad a menos que me hayan gustado y marcaré con un asterisco los libros repetidos… Que por ahora son mayoría ¬¬’

Mi progreso:

15 / 50 books. 30% done!

1. *Ami, el niño de las estrellas de Enrique Barrios
2. *Ami regresa de Enrique Barrios
3. *Ami 3 de Enrique Barrios
4. *Carrie de Stephen King
5. Foucault para principiantes de Lydia Alix
6. ¿Dónde estás, mamá? La maternidad actual: costos invisibles en el desarrollo emocional de los niños de Marta Montaldo
7. Comer animales de Jonathan Safran Foer
8. Hijos en libertad de A.S Neill
9. Watchmen de Alan Moore
10. Homo Plus de Frederik Pohl
11. Corazones en Atlántida de Stephen King
12. El nuevo Summerhill de A.S Neill (compilado por Albert Lamb)
13. V de Vendetta de Alan Moore
14. Summerhill: un punto de vista radical sobre la educación de A.S Neill
15. *La casa de los espíritus de Isabel Allende

Involución

Titulo original: Devolution
Autor: Edmond Hamilton
Año de publicación: 1936
Género: Ciencia ficción
Editorial: Ediciones B
Edición: 2007 publicado en Obras maestras :la mejor ciencia ficción del siglo XX, compilación hecha por Orson Scott Card.

Involución es un relato escrito por Edmond Hamilton y publicado en 1936. Isaac Asimov lo catalogó entre los tres relatos que no olvidó desde su adolescencia [1].

La historia comienza cuando Ross lleva a sus dos amigos biólogos, Gray y Woodin, al norte de Quebec en busca de unas extrañas criaturas. Estas fueron divisadas por Ross cuando piloteaba una nave en el sector. Las describe como “grandes y brillantes, como montones deslumbrantes de gelatina” (141). Semejante definición desata el interés de sus amigos por descubrir de que clase de criatura se puede tratar. Para su desgracia, no tardarán en descubrirlo…

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído este cuento y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

En Involución unos extraños seres, parecidos a las primeras formas de vida en el planeta, llegan a la Tierra en busca de sus colonizadores. Al no encontrarlos, leen la mente de un humano para darse cuenta que nosotros somos la involución de su especie. Woodin es un biológo que cree fervientemente en la superioridad del hombre. Ante semejante revelación, opta por el suicidio.

En el relato de Edmond Hamilton pueden verse de manera clara dos constantes en nuestra sociedad: la creencia de que inevitablemente somos seres superiores y la falsa seguridad científica, que clasifica como verdades aquellas que sólo son teorías. Ambas ideas se personifican en Woodin, quien suele afirmar con excesiva seguridad que los seres protoplasmáticos y unicelulares fueron los “burdos y humildes comienzos de nuestra vida” (142).

Pese a que este cuento fue publicado en 1936, es posible afirmar que su contenido aún es vigente en la actualidad. La ciencia cada vez cobra más fuerza frente a una sociedad ignorante que toma todo argumento científico como verdadero, siendo que las disciplinas científicas están en constante corrección. Involución nos recuerda que la ciencia no necesariamente maneja la verdad y así como le sucede a los historiadores, los científicos pueden equivocarse en la interpretación de los datos.

El cuento de Hamilton también nos enseña a mirar con un poco más de respeto los otros organismos que conviven con nosotros en el planeta. Al fin y al cabo el hecho de que seamos humanos no nos hace necesariamente superiores: todo depende del punto de vista en que examinemos cada especie. Algunos árboles, como el Pinus Longaeva, tienen miles de años. Una bacteria encontrada en un cristal de sal sobrevivió por 250 millones de años [2]. Las hormigas pueden levantar 20 veces su propio peso y el escarabajo rinoceronte puede soportar hasta 30 veces su propio peso [3]. Según varios estudios recientes ni siquiera somos la única especie capaz de crear cultura, lenguaje o de sentir empatía [4].

Nos jactamos de ser capaces de crear literatura, descubrir el mundo mediante las ciencias, de analizar nuestros propios actos… ¿Pero de qué sirve todo esto si ni siquiera mejoramos nuestra calidad de vida? Vivimos más tiempo, pero también trabajamos más y tenemos menos tiempo para el ocio, menos tiempo para nuestras familias y, en resumidas cuentas, menos tiempo para vivir de verdad.

Involución es un cuento que nos invita a reflexionar con respecto a la altanería humana y, al mismo tiempo, a plantearnos otras posibilidades. Abrirnos, por ejemplo, a la posibilidad de que las ciencias no sean precisamente exactas. Considerar que quizás en un universo (o quizás más de uno) tan enorme, casi infinito, podrían existir especies inteligentes y tal vez mucho más inteligentes que nosotros mismos. Como todo buen cuento de ciencia ficción, al terminar de leer la historia de Hamilton nos queda la sensación de que las posibilidades pueden ser más grandes de las que imaginamos.

  • [1] Asimov, Isaac. La edad de oro de la ciencia ficción. Barcelona: Orbis, 1986. Versión digital, página 89.