“Sé el cambio que quieras ver en el mundo”

La frase de Mohandas Gandhi que me ha servido de título para esta entrada me ha ayudado a tomar muchas decisiones. Una de ellas -quizás superficial para algunos- ha sido la de comenzar a vestirme como yo deseo y no como pienso que a los demás les agradará más. Mucha gente lo niega, pero lo cierto es que al elegir como vernos (ropa, peinado, maquillaje, actitudes) lo primero que se considera es el resto y no uno. Y bueno, durante doce años fui sometida a una tortura social llamada escuela, en donde existe un juicio constante a tu apariencia, sobre todo si eres mujer. El juicio no es sólo por parte de los hombres, son tus propias “amigas” las que te corrigen constantemente. La cosa es que llega un punto en el que has asumido todas estas costumbres tan bien que ya no recibes críticas, pero tampoco te comportas como tú misma. Es justamente eso lo que quise modificar en mí y me comprometí a lo que ya les comenté: a vestirme como yo quería vestirme.

Me costó mucho, porque uno asume a cada rato que en realidad ese pantalón ajustadísimo en realidad lo quieres usar porque te agrada y no porque te agranda el trasero y eso atrae más a quién te guste. Pero luego de usar pantalones de buzo y comparar la comodidad entre uno y otro se me fue haciendo más fácil comprobar cuales eran las prendas con las que me sentía mejor y las que no. La verdad es que nunca he estado tan metida en el asunto de las apariencias como para usar zapatos de tacón y me cuesta muchísimo entender como hay mujeres que los usan todo el tiempo a costa de numerosos daños que causan. Pero el punto es que de a poquito me he ido liberando de estas trabas que me producía la apariencia y he llegado a salir a comprar en pijamas y pantuflas, cosa que antes no hubiera hecho.

Para radicalizar aún más este “proyecto” personal que inicié con mi embarazo decidí cortarme el pelo con un mohicano. Me rapé casi todo el cabello y me dejé algo de pelo al centro, bastante corto. Mil veces más cómodo, práctico y fresco. Como me comentó una chica genial a la que ahora sigo en su blog, no tener cabello no te hace más o menos mujer, sólo te hace más libre. Y, al fin y al cabo, es eso lo que estoy buscando: libertad. Ese es el cambio que quiero ver en el mundo y no me siento capaz de hablar sobre la libertad si paso horas esclavizada al espejo y si me quejo de que no tengo ropa en mi armario siendo que este está lleno de prendas.

¿Consecuencias sociales de toda esta transformación? Miradas hay varias. Con lo de la vestimenta ya había unas cuantas, pero desde que me rapé han aumentado bastante. En el camping al que fui hace unos días y en donde mi hermana participaba de scout los niños creían que era hombre y las niñas me observaban con admiración. Sobre este último punto es interesante rescatar la perspectiva de género: en otros círculos sociales también fueron más los hombres los que mostraron desagrado y las mujeres se admiración (excepto mi mamá, por supuesto xD). También está la diferencia generacional: los adultos me miran casi como si tuviera tiña, independiente de su género, y los jóvenes me miran, pero menos. Están más habituados a esas apariencias. Lo gracioso es que mucha gente me comentó que mi hija no me iba a reconocer y lo cierto es que Samanta apenas se dio cuenta. Y les hablo de una niña muy perspicaz: si Sam ve un vídeo clip en donde aparece un auto y varias semanas después escucha la canción, dice “auto” en referencia a eso. Pero a pesar de saber lo que es el pelo y de tirar el cabello de su mamá a cada rato, no hizo ninguna mención a mi corte. ¿Será que los niños realmente se fijan en cosas más importantes que eso? Espero que así sea.

Harta de que la vida se considere una pasarela, provoqué un cambio radical en mi misma para protestar en contra de eso. No quiero pasar mi vida eligiendo zapatos, ropa, maquillaje y peinado sólo para agradar a un grupo de desconocidos. Yo soy yo con o sin pelo, con ropa ancha o ajustada y si es así, ¿para qué voy a dedicar a arreglarme si no cambia en nada quién soy por dentro? De a poco voy asumiendo en mi propia vida eso de que lo esencial es invisible a los ojos. Cuesta, pero una vez que se vive bajo esa premisa es genial 🙂

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Mi intento fallido de veganismo

Antes de hablar sobre veganismo, me gustaría contarles como me hice vegetariana. En parte fue gracias a un compañero de colegio que repartía panfletos y en parte por el novio de una amiga que era vegano. De ambos lados recibía mucha información y fue inevitable sentir curiosidad por tal dieta y estilo de vida. Comencé a investigar el tema con una cierta obsesión, como me pasa cada vez que me intereso por algo.

Mi primera reacción fue que no podría dejar la carne. Admiraba mucho a los vegetarianos, pero la carne me gustaba… bueno, quizás no mucho (siempre fui regodiona para comer carne), pero sí lo suficiente como para que dejarla fuera una suerte de sacrificio. Sin embargo, un día comí vienesas y sentí asco. Se me venían a la mente todos los datos que había leído: desde aquellos relacionados con el sufrimiento animal, hasta aquellos referentes a la mala distribución de los alimentos. Ahí fue cuando decidí dejar de comer carne, en agosto del 2007.

Al principio fue difícil, especialmente porque varias de mis comidas favoritas contenían carne (chapsui de pollo, kibbeh, lasagna) y también porque estaba tan acostumbrada a comer ciertas cosas que olvidaba que contenían productos animales (por ejemplo, al día siguiente de decidir ser vegetariana, me comí un pan con paté sin darme cuenta xD). La idea original era ser vegana y dejar también los huevos y la leche. Pero no se pudo: la cuestión estaba causando muchos problemas en mi casa y la verdad es que algo tenían de razón: ¿de dónde iba a obtener mis proteínas? No tenía ni tiempo para cocinar, ni dinero para suplementos. Y mi mamá, en aquel tiempo, no estaba dispuesta a cocinar comida especial para mí (digo en aquel tiempo, porque ahora y después de que mi hermana también dejara la carne, mi madre nos prepara cada vez que puede platos vegetarianos). Además, los productos vegetarianos enriquecidos (como la leche de soya, las hamburguesas y vienesas vegetales, entre otros) costaban muy caros. Me terminé conformando con ser ovo-lacto vegetariana, pero siempre estuve decidida a ser vegana algún día, cuando se pudiera.

De a poco esa promesa que me había hecho se fue diluyendo. Cada vez que pensaba en dejar los productos de origen animal, surgían inconvenientes. Además, sentía que los veganos se estaban poniendo muy extremistas. Mientras que las páginas que leía en el 2007 invitaban con palabras cordiales a seguir tal estilo de vida, en años posteriores fueron surgiendo sitios que “condenaban” a aquellos que seguían consumiendo productos de origen animal. Nosotros eramos malos, ellos buenos. Eso me desagrado e hizo que me alejara del veganismo.

Sin embargo, hace tres meses, decidí hacerme vegana. Lo que gatilló aquel cambio fue el nacimiento de mi hija. Cada vez que le daba de mamar a mi beba, sentía pena por aquellos terneros que no tenían la oportunidad de ser amamantados. Me sentía culpable por consumir una leche que estaba destinada a ellos. También sentía culpa por comer huevos que quizás las gallinas hubieran empollado para que sus hijos pudieran nacer. No sé, fue extraño. Me cuesta trasmitir con palabras la tremenda pena que sentía por aquellos animales. Lo peor de todo fue que mi hija no quedaba conforme con tan solo mamar y le daba una o dos mamaderas al día con leche de fórmula, lo cual aumentaba la culpa.

La cosa es sentí que no podía seguir consumiendo esos productos. Comencé nuevamente a investigar y a ahorrar dinero para comprar productos veganos. Compré tarros de leche de soya y hamburguesas vegetales enriquecidas con calcio, levadura de cerveza y chocolate en polvo con vitamina B12, productos ricos en hierro, etc, etc. Me pasé un buen rato de supermercado en supermercado encontrando productos veganos, haciendo listas de dichos productos (¡¡llegué a encontrar una margarina vegetal!!), anotando los valores nutricionales de cada cosa… Incluso, apenas salí de vacaciones, comencé a experimentar con las recetas que encontraba en Internet.

Es una lástima que todo el esfuerzo terminara en esto: he vuelto a ser ovo-lacto vegetariana. El principal problema creo que fue la falta de tiempo para cocinar. Era complicado cocinar todos los días en una casa donde los demás también deben preparar sus comidas (nadie más en mi hogar es vegano). Además, no podía ir a la feria todos los días, por lo que no siempre tenía verduras o frutas suficientes. A esto se suma que los productos vegetarianos siguen siendo caros, al menos para mi bolsillo, y no podía gastar en ellos más de una vez al mes. Lo mismo pasaba con los suplementos. Todo esto me lleva a pensar si será posible el veganismo para una persona pobre en Chile. El gasto de plata es más o menos grande y más encima, Chile tiene muy pocas frutas y verduras comparado con otros países, como por ejemplo Brasil.

Pero bueno, espero que este intento no sea el último. Tengo planeado volver a ser vegana, pero no por ahora. Esperaré un tiempo hasta que mi beba crezca o hasta que pueda irme de mi casa (¿en diez mil años más?). Supongo que seguiré sintiéndome culpable xD Pero al menos ahora ya tengo una tremenda lista de productos veganos en el mercado y cuando quiera darme un gusto optaré por estos en lugar de los otros. También trataré de comer lo justo y necesario de productos animales (por ejemplo, no tengo necesidad ni de manjar ni de leche condensada). Tal vez algún día sí tenga los recursos para mantener esa dieta. O, con el aumento de vegetarianos que hay en Chile, quizás ser vegano se vuelva más barato. Espero que así sea.