Más allá del financiamiento

Cuando algún autor compara la escuela con la cárcel, surgen más comentarios en contra que a favor de dicha tesis. La gran mayoría concuerda en que esa estructura restrictiva es necesaria para que los jóvenes puedan aprender. Lo curioso (bueno, a estas alturas tan curioso no es… el amaestramiento funciona bien) es que son pocas las personas que se cuestionan: 1) ¿Qué aprender? 2) ¿Para qué aprender? 3) ¿Los costos del aprendizaje superan los beneficios?

Las dos primeras preguntas las hago porque, por más que concuerde que es necesario aprender, dudo que la escuela proporcione los aprendizajes que necesitamos. Todas las personas requieren aprendizajes diferentes, sin embargo el sistema escolar quiere homogeneizar esas necesidades. A lo más existe una diferenciación entre escuelas técnicas y científico-humanistas. Los más adinerados cuentan con escuelas de arte. Pero para quiénes quieren optar por otros caminos, la única opción es tragarse esos 12 años y resignarse. Como bien dijo Giorgio Jackson en el debate en el congreso, si esos  años no nos sirven, no existe manera de que nos lo retornen.

Con la tercera pregunta me refiero a aquellas personas que abogan a toda costa con que es necesario que los jóvenes aprendan lenguaje, matemáticas, biología, etcétera. Porque claro, necesitamos profesionales, técnicos y mano de obra. Pero ¿de qué sirve todo esto en una sociedad infeliz? Además, ¿por qué se piensa que en una sociedad en dónde la gente elija libremente lo que desea hacer, nadie elegirá dichos empleos?

En estos días qué tan en boga está hablar sobre educación, provoca impotencia ver que nadie analiza lo más profundo, que no es el financiamiento o la gratuidad, sino la estructura del sistema educacional en Chile y casi todo el mundo. ¿Han escuchado hablar de Summerhill, la escuela fundada por Alexander Sutherland Neill? De ella algunos dicen que fue un fracaso, que no preparaba a los estudiantes para otros centros o para la universidad. Lo cierto es que esa jamás fue la finalidad de Summerhill. La meta del proyecto creado por Neill era graduar a jóvenes felices, con el valor para ser ellos mismos y eso se logró con éxito.

(Lo curioso es que los críticos de Summerhill no suelen analizar lo complejo que es para un estudiante pasar de la escuela, tan restrictiva, a la universidad, donde al menos te exigen mayores responsabilidades y más creatividad)

Sería bueno sentarnos a leer sobre estos proyectos, sobre la “nueva escuela”, porque importa un comino si la educación es gratuita o no, mientras los estudiantes estén infelices y estresados. Nuestra sociedad no mejorará con educación, sino con felicidad y esa no se obtiene necesariamente estudiando matemáticas o comprando cosas.

“Temo que la producción en masa haya llegado para quedarse, tanto en el comercio como en la educación. Hay que vaciar a todos los niños en el mismo molde; hay que educarlos para que jamás discutan nada. Y si los chiquitines sufren en el ínterin, eso es algo que a nadie le importa. Lo único que vale es el sistema, coactivo, la estandarización del carácter para que todos piensen en la misma forma, vistan en la misma forma, hablen en la misma forma. ¡La uniformidad ante todo! Y miles de pobres niños indefensos lloran y se sienten desgraciados en sus escuelas-fábricas”.

– Alexander Sutherland Neill