Reflexiones en torno al movimiento childfree

Existe un movimiento que se hace llamar Childfree, o sea, libre de niños. Son personas que eligen no tener hijos, cada quién por razones diferentes. La primera vez que me topé con datos sobre estas personas fue cuando, irónicamente, buscaba información sobre el libro de A.S. Neill, The Free Child. Pero bueno, tampoco es que me haya sorprendido mucho. Son muchos los jóvenes a los que he escuchado comentar que no quieren tener hijos (aunque, curiosamente, ninguno de mi círculo de cercanos… esos son todos “guaguateros” ^^) y desde mi abuela hasta mi propia madre han comentado que tener hijos no es lo que esperaban (y considerando sus actitudes frente a la maternidad, estoy segura de que eso quiere decir que desearían no haber tenido hijos) (debo ser adorable para que piensen así jajajaja xD) Sin embargo, de lo que he leído y conversado al respecto, sí hay algunos puntos que me sorprendieron y que quisiera comentar con ustedes. Separaré dichas apreciaciones según la razón de las personas para no tener hijos.

Motivos personales: Desagrado hacía los niños, no sentirse preparado, simplemente no tener ganas de ser madre o padre, etcétera [1].

Con respecto a quienes eligen no tener hijos por motivos personales no hay mucho que decir: es una cuestión de cada quién y lo cierto es que me alegra que exista gente lo suficientemente honesta como para admitir que no posee condiciones para criar. Lo que sí me molesta es que prácticamente quieran armar una sociedad sin niños. En Chile por suerte aún no pasa (quizás sí con los arriendos u.u), pero en Europa y USA son varios los restaurantes [2] [3] [4] y hoteles sin niños [5 (no soy la única que confundió chilfree con free child xD)] [6] [7], hay aerolíneas childfree [8] y hasta quieren establecer horarios en las grandes tiendas para que las personas sin hijos puedan comprar “tranquilas” [9]. No sé ustedes, pero a mí me molestan muchísimo ciertos grupos humanos, pero no por eso sugeriría un espacio en donde se los excluyera. Sé que es algo personal y así lo mantengo. En cambio se quieren establecer normas que excluyan a los niños porque cierto grupo considera, a priori, que son molestos.

¿Por qué rechazar a los niños es un derecho del local, pero rechazar a un negro es discriminación? ¿Acaso la acción no es la misma? Si ya estamos creando a un par de generaciones de jóvenes descontentos debido al adultocentrismo (se hace lo que el adulto y la autoridad desean, jamás o muy pocas veces lo que el niño quiere), ¿qué se puede esperar de aquellas personas que crecerán siendo discriminadas de local en local sin que nadie diga nada al respecto más que “están en su derecho”?

Motivos ecologistas: el mundo está sobrepoblado, calentamiento global, hambre mundial, etcétera [10]

Ni siquiera siendo anarquista, vegetariana y ecologista logro entender a las personas que deciden no tener hijos por motivos “altruistas”. Porque, ¡vamos!, ¿cuántos años van a estar predicando antes de que alguien les haga caso? Ellos, con su conciencia, van a dejar de tener hijos, pero hay millones y millones de personas a las que no les interesa su postura y que van a procrear igual. ¿No tendría más sentido tener hijos y criarlos en contacto con el medio ambiente para que puedan crecer y respetar el mundo al que llegaron? El ser humano no es dañino por naturaleza: tener hijos no implica que estos van a llegar al tiro destruyendo el ecosistema.

Además, con respecto al hambre y a la sobrepoblación hay que dejar algo bien en claro: pasamos hambre porque no administramos bien los recursos. Una dieta ovo-lacto vegetariana y, en especial, una dieta vegana, a nivel mundial permitiría que muchas menos personas pasaran hambre [11]. Si a eso le agregamos una distribución equitativa y acabar con el desperdicio (cada año los supermercados y otras tiendas botan toneladas de comida en lugar de regalarla [12] [13]) tendríamos comida suficiente para todos los seres humanos. Eso mismo sucede con la sobrepolación. Los espacios no se ocupan bien: mientras unos sectores están despoblados, otros tienen un exceso de personas. Frente a las numerosas posibilidades para solucionar los problemas que enfrentamos, a mí me parece una solución simplista elegir no tener hijos.

(A propósito, vean la introducción de la película Idiocracyhttp://www.youtube.com/watch?v=IAYNHtEDz64 )

Posturas antinatalistas: es inmoral traer niños al mundo cuando este es un lugar tan violento, en la vida sólo se sufre, etcétera [14]

Aquí también la cuestión me parece más personal, pues si a alguien le parece inmoral tener hijos, allá él. Sin embargo, como siempre sucede con los asuntos morales, el tema pasa a ser colectivo cuando se intenta imponer e incluso difundir (si elijo difundir algo es porque lo considero de interés colectivo y deseo que otras personas compartan mi postura).

La visión de que el mundo es un lugar demasiado violento para traer niños al mundo también la tuve. No era algo tan radical como criticar a otros por tener hijos, simplemente era una sensación momentánea. Pero de a poco fui aprendiendo a apreciar los diferentes placeres que conlleva vivir y eso que estoy pendiente de todos los horrores del mundo mucho más que la mayoría de las personas. Sólo que no me parece argumento suficiente para no tener hijos el que exista una guerra en el otro extremo del mundo. Si fuera en donde vivo, no, no tendría hijos. Pero no es así: en mi entorno mi hija podrá disfrutar de un bosque frondoso, de una buena lectura, de viajes, juegos, amigos, amor familiar… Incluso si llegara a pasarle algo, sentiría que su vida valió la pena, como alguna vez me comentó Marcelo Fuentes sobre su propio hijo [15].

Últimas reflexiones

No creo que ser madres o padres sea una necesidad. Al igual que muchos miembros del movimiento childfree, considero que las personas deberían reflexionar mucho más sobre el acto de tener hijos, pues no es cosa de tener sexo y parir: es una ardua responsabilidad que requiere muchísimos más sacrificios de lo que muchas personas están dispuestas a hacer (por algo hay tantos padres dejando a sus hijos llorar para ellos seguir con su vida “normal” o dejándolos en las salas cunas y escuelas como si estas fueran un estacionamiento de niños). También pienso que los tratamientos de fertilidad son tomados con demasiada ligereza: un buen número de mujeres termina teniendo partos múltiples de más de tres niños, lo cual no es sano ni para ellos ni para los padres. Es cierto que no siempre pasa, pero en algunos países simplemente no se toman los cuidados necesarios [16].

Pero además de este par de puntos de encuentro, no pienso que no existan razones para no procrear. Para mí la experiencia de tener una hija sigue siendo maravillosa y Samanta no parece llevarlo mal xD Acúsenme de optimismo exacerbado, pero desde mi punto de vista la vida sigue siendo un regalo y un milagro termodinámico lo suficientemente maravillosa como para despreciarla, sea la causa que sea.

Laurie: Has estado diciendo que la vida es insignificante, ¿cómo puedes ahora…?

Dr. Manhattan: Cambié de opinión.

Laurie: ¿Por qué?

Dr. Manhattan: Milagros termodinámicos… Son tan raros que parecen imposibles. Como que el oxígeno se convierta espontáneamente en oro. Hace tiempo que quiero ver algo así. En cada apareamiento humano, un millón de espermatozoides luchan por un sólo óvulo. Multiplica esa probabilidad por las infinitas generaciones, contra las posibilidades de que tus ancestros vivieran, se encontraran y engendraran esta hija… Hasta que tu madre ama a un hombre al que tiene toda la razón de odiar, y de esa unión, de los millones de niños que compiten por la fertilización, eres tú, sólo tú, la que emergió. Destilar esa forma tan específica de ese caos de improbabilidad, es como transformar en aire en oro… Una de la mayores improbabilidades. El Milagro Termodinámico.

Laurie: Si mi nacimiento, si eso es un milagro termodinámico… ¡Podrías decir eso de cualquier persona en el mundo!

Dr. Manhattan: Sí. Cualquiera en el mundo… Pero el mundo está tan lleno de personas que lo convierten en rutina que lo olvidamos… Lo olvidé. Miramos continuamente el mundo y eso nubla nuestras percepciones. Pero visto desde otra perspectiva, como si fuera nuevo, puede aún asombrarnos. Ven… Seca tus ojos, porque eres vida, más rara que un quark e impredecible más allá de los sueños de Heisenberg, la arcilla en que las fuerzas que modelan las cosas dejan sus huellas. Seca tus ojos… y vamos a casa.

– Alan Moore, Watchmen, número 9.

Anarquía (o Amarquía) según Ami

Generalmente cuando se habla de anarquismo hay dos puntos que cuesta dejar claros: la diferencia entre propiedad privada y pertenencia personal y como funcionaría una sociedad sin el uso del dinero. Para mí nunca fueron aspectos confusos gracias al libro Ami, el niño de las estrellas que leí cuando tenía unos diez años. Releyéndolo (creo que lo leo todos los años xD) he rescatado algunas partes en donde se explican esos puntos para compartirlos con ustedes.

Para contextualizar: este libro se trata de un niño, Pedrito, que estando solo en una playa de noche recibe la visita de un “niño” extraterrestre. Este le hace ver que su visita forma parte de un plan de ayuda de planetas “civilizados” a aquellos que aún no lo son. Ami, como Pedro lo nombra, lleva al joven protagonista a conocer planetas que viven bajo la ley universal (el Amor) para que luego el terrícola pueda escribir un libro contando sus aprendizajes.

En el siguiente diálogo cito las principales impresiones de Pedrito frente a que los planetas “civilizados” vivan sin dinero, sin leyes (además de la ya mencionada), sin autoridades y sin castigos ni cárceles, así como las respuestas de Ami.

“— Aquí no existe el dinero.
— ¿Y cómo compran entonces?
— No se compra. Si alguien necesita algo y lo hay, ¿por qué no?
— Un carrito de esos que se ven, ¿también?
— O una nave espacial — Ami hablaba como si lo que me estaba diciendo fuese lo más natural del mundo.
— ¿Todos pueden tener una nave espacial?
— Todos puedes utilizar una nave espacial — precisó Ami.
— ¿Esta nave es tuya?
— Yo la estoy utilizando, tú también.
— Pregunto si es tuya.
— A ver… “Tuya” indica posesión, pertenencia… Ya te dije que todo pertenece a todos, a quien lo necesite y mientras lo ocupe.
— ¿Y cuando ya no lo necesita?
— Entonces ya no lo utiliza más.
— Si, por ejemplo, yo tomo una nave como ésta y la quiero dejar en mi patio cuando no la ocupo… ¿Puedo?
— ¿Por cuánto tiempo no la vas a ocupar?
— Digamos… unos tres días — respondí.
— Entonces es mejor que la dejes en el lugar destinado a estacionar estas naves, el “aeropuerto”, y así le sirve a otra persona mientras tú no la ocupas. Luego, cuando llegas, tomas ésa o la que se encuentre disponible.
— ¿Pero si yo quiero esa?
— ¿Y por qué esa?  Aquí sobran las naves, además, son todas más o menos parecidas.
— Supón que le tengo cariño, como tú a tu “anticuado” televisor”…

[Aquí se refiere a un aparato similar a una tele que Ami construyó cuando era pequeño y anda trayendo consigo porque le tiene cariño, siendo que hay artefactos similares más “modernos”]

“— Este televisor, como tú le llamas, es un pequeño recuerdo, nadie lo necesita, porque es anticuado; cuando ya no quiera conservarlo, lo entregaré para que quienes trabajan en este tipo de instrumentos decidan si lo desarman o lo modifican; también puedo conservarlo toda mi vida, no es algo de utilidad pública. Pero si quieres conservar siempre esa misma nave (capricho extraño, porque tú no la construiste, y además hay de sobra) debes esperar a que llegue, a que esté disponible.
— ¿Pero si yo quiero utilizar esa misma nave, para mí y nadie más?
— ¿Por qué nadie más? — preguntó Ami.
— Supongamos que no me gusta que utilicen mis cosas…
— Pero ¿por qué? Aquí nadie tiene enfermedades contagiosas…
— No sé, pero imagina que me gusta que mis cosas sean mías y de nadie más…
— Eso sería posesividad enfermiza, egoísmo.
— No es egoísmo.
— ¿Qué es entonces?… ¿Generosidad? — Ami reía.
— ¿Así que tengo que compartir mi cepillo de dientes con todo el mundo?
— Extremismo mental otra vez… No tienes que compartir tu cepillo de dientes ni tus objetos personales, aquí los hay por millones, sobran, nadie se esclaviza a ellos… ¡Pero no querer compartir una nave espacial!… Además en el “aeropuerto” es revisada por las máquinas encargadas de hacerlo, es reparada cuando lo necesita, no tienes que hacerlo por tú cuenta.
— Suena bien, pero me imagino que todo es un poco estilo “internado de colegio”, todo obligatorio, vigilado…
— Te equivocas. Aquí las personas gozan de la más amplia y total libertad.
— ¿Y no hay leyes?
— Sí las hay, pero todas basadas en la Ley fundamental del universo [el Amor], en beneficio de las personas […]
— ¿Y si violo alguna ley?
— Sufres.
— ¿Me castigan, me encarcelan?
— No. Aquí no existen el castigo ni las cáceles, pero si cometes alguna falta, sufres; tú mismo te castigas.
— ¿Yo mismo? No entiendo, Ami.
— ¿Le darías una bofetada a tu abuelita?
— ¡No, por supuesto que no!… Qué cosas dices…
— Imagina que le das una bofetada… ¿Qué te pasaría?
— ¡Me dolería mucho, me arrepentiría, sería insoportable!…
— Eso es castigarse uno mismo… No necesitas que te castiguen ni que te encarcelen. Hay cosas que nadie hace, y no porque lo prohíban las leyes. Tú no le harías daño a tu abuelita, no la herirías, no le quitarías sus pequeños objetos personales; al contrario, intentas ayudarla y protegerla.
— Sí, porque la amo.
— Aquí, todos nos amamos, todos somos hermanos”. (80)

“— ¿Por qué no dejan en la Tierra que quien necesite algo lo tome, sin pagar? — preguntó Ami.
— ¿Estás loco? Nadie se tomaría la molestia de trabajar, si no va a ganar nada…
— No tienen amor entonces, sino egoísmo… No pueden dar si no van a recibir algo a cambio. […]

Imaginé que yo era el dueño de una plantación dedicada al cultivo de damascos. Llegaba la gente y tomaba mis frutas sin pagar nada, luego aparecía un “pillo” que se aprovechaba de mí; venía con un camión a llevarse todas mis frutas. Yo intentaba protestar, pero él se alejaba con su vehículo y burlándose me decía:

— ¿Qué no hay amor en ti?… Eres egoísta, ja, ja, ja.
— ¡Puf cuánta desconfianza! — Ami vio toda mi “película” mental y dijo:
— En una sociedad civilizada nadie “se aprovecha” de nadie. ¿Qué va a hacer ese hombre con el camión lleno de frutas?
— Venderlas, claro…
— Nada se vende; no hay dinero…

Aquello me hizo gracia, no había recordado que no existe el dinero en un mundo  civilizado.

— Está bien, pero ¿por qué voy a trabajar por nada?
— Si hay amor en ti, vas a estar dichoso de poder servir a los demás, y así tienes derecho a ser servido, puedes ir donde el vecino y tomar de su siembra lo que necesites; del lechero tomas leche, del panadero pan, y así sucesivamente; y si en lugar de hacerlo todo en forma aislada y desordenada, la sociedad se organiza y se llevan los productos a los centros de distribución, y si en lugar de trabajar tú, lo hacen las máquinas…
— ¡Nadie haría nada!…
— Siempre habría algo que hacer: supervisar las máquinas, crear otras más perfectas, ayudar a quienes nos necesitan, perfeccionar nuestro mundo y a nosotros mismos, y también disfrutar del tiempo libre”. (95)

En la siguiente frase, Pedro le pregunta a Ami si los terrícolas tenemos que ser perfectos para llegar a tener un planeta como el que han visitado. A Ami le causa gracia, pues dice que la perfección es inalcanzable.

“— Es típico de la mitomanía terrestre, del extremismo mental. Se matan sin compasión, torturan, engañan, se esclavizan a lo material […] ¡y exigen perfección!… Bastaría con que bajaran las armas y vivieran en paz, como una familia, sólo eso, para lograrlo no necesitan ser perfectos, sólo deben dejar de ser dañinos. Eso es mucho más fácil que pedir la perfección. Sólo un “clap” de los dedos y el mundo comienza a vivir en paz, pero les parece una locura, una utopía, un imposible; en cambio, LA PERFECCIÓN, eso sí les parece posible… No hacen nada por la humanidad y sólo se dedican a buscar pequeñas faltas ajenas o propias: “cuelan mosquitos y tragan camellos”…”. (97)

 Y mi favorita…

“— No son las personas las malas, sino los viejos sistemas que usan para organizarse. La gente gente ha evolucionado, los sistemas se quedan atrasados. Malos sistemas hacen sufrir a las personas, las van volviendo infelices, y al final las llevan a cometer errores. Pero un buen sistema de organización mundial es capaz de transformar a los malos en buenos”. (40)

Todo para los estudiantes, pero sin los estudiantes

Teresa Marinovic es una Licenciada en Filosofía que gusta escribir columnas controversiales hasta tal punto que muchos hemos creído que se trataba de un experimento social. Pero no, de momento parece que la señora es real y lo que escribe va con honestidad. Su última columna se titula “Estudiantes: tomen asiento y oigan“. Esto ya genera en mi una sensación incómoda, pues siempre he sido de la creencia que para generar nuevas formas de hacer pedagogía tenemos que escuchar lo que desean los estudiantes, sus ideas para generar nuevos espacios de enseñanza. Apartarlos de esas decisiones es, en parte, lo que ha generado la actual crisis educacional: muchos apuntan al desinterés de los estudiantes, pero lo cierto es que si nunca se les ha preguntado qué les interesa, con qué profesores se sienten más cómodos, si prefieren clases prácticas o teóricas, etcétera, ¿qué interés podrían tener?

Marinovic habla de los secundarios de la siguiente forma: “No tienen derecho a voto. No pueden celebrar un contrato. No son jurídicamente responsables de lo que hacen. Son menores de edad”. Y luego, señala que los universitarios “no han terminado sus carreras; las congelaron para dedicar su tiempo de estudio al activismo político. No son alumnos de excelencia. No tienen experiencia y mucho menos ciencia en materia de educación, pero la exigen gratuita y de calidad”. Por estas razones, “no son interlocutores válidos”.

En primer lugar, me parece tremendo que una Licenciada en Filosofía considere que el nivel de participación legal tenga alguna importancia. En la Antigua Grecia se excluía a las mujeres de la ciudadanía, hoy excluimos a los menores de edad. Sin embargo, esa exclusión no tiene fundamento real: muchos chicos menores de edad son capaces de analizar el mundo de manera mucho más profunda que adultos de cuarenta, cincuenta o sesenta años. La autonomía intelectual -entendiéndola como un pensamiento ya no pasivo, sino crítico y juicioso de lo que nos rodea- no se alcanza a una edad determinada, sino luego de una serie de procesos y experiencias. Muchos adultos aún no alcanzan dicha autonomía (es más, muchos políticos -esos que sí van a tener voz y voto en las decisiones- son incapaces de cuestionar costumbres o modelos como el rodeo, la familia o la escuela tradicional).

En segundo lugar resulta penoso que Marinovic resalte que ciertos universitarios no son alumnos de excelencia. La excelencia se mide con calificaciones y estas pueden ser un método falaz para saber qué tanto conoce una persona en relación a lo que estudia: existen formas de copiar durante las pruebas presenciales, los ensayos se pueden comprar, durante una evaluación el estudiante puede estar pasando por un mal momento y un largo etcétera de variantes que influirán en esos numeritos que a la gente tanto le gusta recalcar (Andrea Pretch ofrece una interesante reflexión sobre este tema).

No es la carencia de título universitario, las calificaciones o la edad lo que hacen a un interlocutor válido, sino la calidad de sus ideas y argumentos; de ahí que generalizar al respecto sea un garrafal error. Me parece que la recomendación de Marinovic hacía los estudiantes (“guarden silencio”) no sólo es discriminatoria, sino que además es perjudicial. Si de verdad se quiere mejorar la calidad educacional con quiénes más deberían dialogar es con los niños y jóvenes. Mi llamado no es a que sólo entre la juventud se tomen las decisiones, sino que en conjunto se arme un nuevo sistema; que todos (educadores, economistas, abogados, estudiantes, políticos, cesantes) hablen y escuchen, que se fomente la participación y no la exclusión.

“Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción”.
– Paulo Freire

La maternidad según Simone de Beauvoir

El apartado de maternidad en El segundo sexo de Simone de Beauvoir es una de las lecturas más enriquecedoras que puede hacer una madre: definitivamente lo recomiendo. Para la filósofa, la maternidad debía ser producto de la libre elección de la mujer, por eso estaba a favor de la anticoncepción y del aborto. Asimismo afirmaba que la opresión de la mujer conllevaba a la opresión de los hijos y que difícilmente mujeres insatisfechas podían ser “buenas madres”. Una mujer que quiere ser o es madre, decía, debe velar por su propio bienestar: si ella no está bien, los hijos tampoco.

“Otra actitud bastante frecuente, y que no es menos nefasta para el niño, es la devoción masoquista: algunas madres, para compensar el vacío de su corazón y castigarse por una hostilidad que no quieren confesarse, se hacen esclavas de su progenie: cultivan indefinidamente una ansiedad morbosa, no soportan que el hijo se aleje de ellas; renuncian a todo placer, a toda vida personal, lo cual les permite adoptar una actitud de víctimas; y de estos sacrificios extraen el derecho a negar al hijo toda independencia; esta renuncia se concilia fácilmente con una voluntad tiránica de dominación; la mater dolorosa hace de sus sufrimientos un arma que utiliza sádicamente; sus escenas de resignación engendran en el niño sentimientos de culpabilidad que, a menudo, pesarán sobre él durante toda la vida: esas escenas son aún más nocivas que las escenas agresivas”. (501).

Este análisis fue hecho hace poco más de 60 años. ¿Les suena familiar? En nuestra cultura occidental es muy común que las madres caigan en este tipo de actitudes y, como bien señala Beauvoir, el daño no es menor. Lo peor es que las condiciones sociales tampoco favorecen las alternativas. Actualmente, la mujer no sólo tiene que hacerse cargo del hogar y del cuidado de los hijos, sino también del trabajo, ya no como opción para realizarse profesional o intelectualmente, sino como obligación: el costo de vida es demasiado alto como para un solo sueldo. La mayor parte de las encuestas y estudios hechos sobre el tema concluyen que la mayoría de los hombres contribuyen poco o nada en lo referente a las “tareas domésticas” [1] [2] [3] [4]. Todas estas responsabilidades traen consecuencias, como por ejemplo una excesiva exigencia hacía los hijos.

En cuanto a este tema, también es importante destacar otra cita de Beauvoir: “el ideal doméstico contradice el movimiento de la vida; el niño es enemigo de los pisos encerados. El amor maternal se pierde a menudo en reprimendas y cóleras dictadas por la preocupación de mantener un hogar bien puesto. No es sorprendente que la mujer que se debate entre esas contradicciones pase con mucha frecuencia sus jornadas llena de nerviosismo y acritud” (512). Porque claro, el hecho de que los hombres no ayuden en el hogar puede producir muchas frustraciones, pero también lo producen las exigencias sociales en torno a esto.

Miren, una pequeña confesión personal: hace años que no plancho ropa. De vez en cuando y si lo considero necesario, plancho algunas prendas, pero en general trato de prescindir de esa labor que, a mi juicio, es innecesaria. Junto con esto he tratado de poner todo lo referente al orden de la casa en segundo plano. Mi madre se horroriza cuando ve que hago esto, pero vamos: ¿qué es más importante: el orden de la casa o la salud mental de los individuos de la familia? Como señala Beauvoir, muchas madres pierden tanto tiempo gritándoles a sus hijos, quejándose por las cuestiones domésticas y haciendo cosas innecesarias en el hogar (y todo esto sin mencionar el trabajo remunerado), que ni siquiera pueden disfrutar de sus hijos, de la vida familiar o de un tiempo para sí mismas.

Muchas personas dicen que Simone de Beauvoir estaba contra la maternidad. Después de leer su libro y releer el capítulo referente a la maternidad me doy cuenta de que no es cierto. Beauvoir estaba a favor de una maternidad consciente y libre, desligada lo máximo posible de roles y exigencias sociales. Una maternidad que buscara formar individuos igualmente libres y no apéndices de sus m(p)adres. Una maternidad que no fuera la finalidad de la mujer, porque cuando ponemos la maternidad como última meta y los hijos crecen y se van, ¿qué queda?. Para finalizar dejo una cita a Wilhem Sketel que hizo Beauvoir en El segundo sexo:

“Los hijos no son un ersatz del amor; no reemplazan un objetivo de vida rota; no son un material destinado a llenar el vacío de nuestra existencia; son una responsabilidad y son un pesado deber; son los florones más generosos del amor libre. No son el juguete de los padres, ni la realización de su necesidad de vivir, ni sucedáneos de sus ambiciones insatisfechas. Los hijos son la obligación de formar seres dichosos” (509).

  • Beauvoir, Simone. El segundo sexo. Buenos Aires: Sudamericana, 2008

El ateísmo, una cuestión de fe

“Soy ateo, y punto. Me tomó mucho tiempo decirlo. He sido ateo por años y años, pero de alguna manera sentía que era intelectualmente poco respetable decir que uno era ateo… porque asumía un conocimiento que no tenía. De alguna manera era mejor decir que uno era humanista o agnóstico. Finalmente decidí que soy una criatura de emoción además de razón. Emocionalmente soy ateo. No tengo evidencia para probar que Dios no existe, pero sospecho tanto que no existe que no quiero perder el tiempo”. Isaac Asimov.

Creo que es la primera vez que leo a un ateo admitir que su postura es emocional. La mayoría de los ateos manifiesta que Dios no existe desde una postura, según ellos, lógica y racional. Sin embargo, ¿cómo se puede afirmar que no existe algo que ni siquiera conoces?

Me gusta mucho discutir de religión (bueno, me gusta mucho discutir sobre cualquier cosa, pero eso no viene al caso) y por lo mismo estoy al tanto de los argumentos que esgrimen las personas tanto creyentes como ateas. Así es como me he topado con personas que afirman que la falta de evidencias sobre la existencia de Dios es suficiente para probar que no existe. Antiguamente, no era posible demostrar que existían otras galaxias. ¿Significaba que no existían?

Es por esto que pienso que el ateísmo no es más que una cuestión de fe. Una postura tan carente de pruebas como la religión.

Antes de finalizar, les dejo un interesante texto que encontré navegando por ahí: “El credo de un ateo“. Sea sarcástico o no, me parece que refleja muy bien lo que he intentado señalar con respecto al ateísmo.