Hacer activismo con los hijos

Hace un tiempo discutía con varias personas que pertenecen a una agrupación de padres y madres veg[etari]anos. La discusión se armó cuando una madre llegó diciendo que se había dado cuenta que imponer cualquier idea, por buena que pareciera, no era un acto de amor, así que había decidido permitirle a su hija elegir si comer carne o no. Ya estaba harta de armar una guerra en torno a la comida. Su posición me pareció sumamente acertada y la comparto: es más, desde que supe que estaba embarazada tuve claro que Samanta sólo iba a ser vegetariana hasta que adquiriera conciencia sobre sus alimentos. Si luego quiere comer carne, yo misma se la cocinaría.

La cosa es que después del comentario de la señora, llegaron montones de personas a decir que cosas como “nosotros sabemos lo que es mejor para nuestros hijos” y “los niños tienen que aprender a confiar en sus padres y comer lo que se les sirve en la mesa”, lo cual me pareció sumamente gracioso porque esas mismas personas son las que en algún momento tuvieron que batallar con sus propios padres para poder ser veg[etari]anos. También comentaban cosa como “si mi hijo quiere comer carne, que lo haga fuera de mi casa”. Postura que tampoco consideré coherente debido a que si es uno el que cocina carne en su casa al menos puede buscar granjas tradicionales para asegurarse que el animal no ha sido criado en tan malas condiciones como las industriales.

Gracias a ese debate me puse a pensar en uno más amplio: ¿es válido hacer activismo con nuestros hijos? Mi respuesta es que no. Una de las razones de mi negativa es que si uno intenta motivar o imponerle a los hijos que crean en lo mismo que uno al final la cosa resulta al revés. De tanto oír a tus padres predicarte una cosa, terminas quedando chato y con ganas de hacer todo lo contrario, quizás no siempre de manera consciente. Pero la otra razón, aún más importante, es que no es “justo” para el niño estar recibiendo el constante adoctrinamiento de sus padres, sea este relacionado con la alimentación, con su comportamiento o con su sexualidad.

Una cosa es predicar a personas que no viven con uno y sobre las que no tenemos ninguna influencia inherente. Pero otra muy diferente es joder a los niños día tras día con discursos sobre lo que comen, lo que hacen, lo que leen, lo que ven, etcétera. Por ejemplo, para abordar el consumo de carne con los hijos creo la cosa debe ser más bien casual: que el tema surge y se comente, pero no como algunos padres pretenden hacerlo: mostrar documentales, fotos, hacer comentarios a cada rato… Yo lo viví en el sentido inverso, pues a mi madre no le agradaba que fuera vegetariana y es terrible saber que cada comida tiene un potencial riesgo de que alguien llegue y te dé discursos sobre ello.

Con esto no quiero decir que no se pueda conversar con los hijos o entregar tu punto de vista. Sólo me parece necesario diferenciar esto de la prédica. La conversación es casual, breve, permite al otro entregar sus puntos de vista sin menospreciarlos y permite la retroalimentación. La prédica, por el contrario, es extensa, insistente y contiene el peso de la autoridad, por lo que no permite contradicciones. Yo soy vegetariana por compasión hacía los animales (humanos y no humanos) y hacía la naturaleza, pero aún así no me gustaría inculcarle a mi hija esos valores. Sí hablarle de ellos, enseñarle y mostrarle lo que sufren los animales, pero inculcarlo, entendiendo esto como la constante repetición de ideales o la obstinación de lo que se siente y se prefiere, no. Por la simple razón de que no quiero ponerle etiquetas, ya sean religiosas, morales o psiquiátricas. Que ella elija sus propias etiquetas. Yo puedo enseñar, por supuesto, pero como ya dije, no me gustaría inculcar.

Obligar a nuestros hijos a ser vegetarianos o veganos es adoctrinar, por más que se cubra de palabras bonitas. El mismo lenguaje es utilizado por personas que obligan a sus hijos a rechazar a los homosexuales, negros, etcétera. Aún cuando tengo plena seguridad de que lo correcto es no comer animales, especialmente de aquellos que provienen de la industria, si obligo a mi hija a seguir lo que yo pienso -por más argumentos que tenga a mí favor- estaré adoctrinándola.

Si de verdad a alguien le interesa que sus hijos sigan ciertos valores o se comporten de cierta forma, pues debieran predicar con sus acciones: la única carta válida es dar el ejemplo (los niños generalmente hacen lo que ven y no lo que les digan que hagan). Y claro, también es posible que los hijos no hagan lo mismo que nosotros, pero ¿cuál es el problema? Puede que los hijos salgan de nuestro cuerpo, pero al fin y al cabo están destinados a ser seres autónomos, con su propia forma de pensar.

Hay una imagen que me enviaron una vez en donde unos padres vestidos como punks se despiden de su hijo vestido con un terno y se preguntan qué hicieron mal. Imagino que la persona quería decir que eso me iba a pasar a mí. Me causo una gracia triste, porque esa es la regla: padres que se decepcionan de sus hijos sólo porque estos hacen lo que uno no quiere que hagan. En mi caso tengo bien claro que quizás mi hija no sea como yo y no profese mis valores. ¿Me sentiré decepcionada? Jamás. Mientras sea feliz, mientras elija lo que ella considere correcto, me sentiré triunfante como madre. Por cierto, no se imaginan la tristeza que me invade el escuchar a adolescentes diciendo que ojalá sus padres fueran así…

Para crear futuros esclavos

Uno de los principales beneficios de comprar libros usados, además del precio, es que encuentras títulos imposibles de encontrar en otros lugares. Fue en una preciosa librería en San Diego en donde encontré Escuela para padres (Tomo I) de Eva Giberti. No fue sino hasta hace poco que me puse a leerlo: la verdad es que lo compré más pensando en una fuente de investigación histórica que en un libro que me fuera a ser útil ahora, ya que al ser publicado en 1961, bueno… Me imaginaba un escrito de corte mucho más tradicionalista, pero resulta que no: Eva Giberti es una psicóloga, psicoanalista, profesora y asistente social argentina, caracterizada por su defensa a los DD.HH, estudios de género y su prioridad a la libertad en la educación de los niños.

Del libro mencionado quisiera compartir un artículo que me pareció sumamente interesante, sobre todo considerando que en nuestro país está el boga el tema de la educación. Para crear futuros esclavos es un texto que trata sobre la necesidad de fomentar la libertad y creatividad en las escuelas y en el hogar. Se hace una mención a la URSS que me parece interesante: por aquel entonces se creía que el capitalismo realmente podría traer más libertad que el socialismo soviético, pero quiénes vivimos en la actualidad nos podemos dar cuenta que si bien existe mucha libertad para vender, poner altos precios y saquear la naturaleza, también existe mucha manipulación para vender dichos productos e imponer tendencias, socavando las posibilidades de libertad. La escuela, al menos para las clases baja y media, es una instancia para crear mano de obra barata y se continúan apoyando modelos familiares tradicionalistas, arcaicos y adultocentristas. Hago estos reparos para que el artículo sea leído en contexto y se hagan las actualizaciones necesarias para ver cómo puede aportar a nuestro país y cultura occidental en general.

Para crear futuros esclavos de Eva Giberti [1]

Bajo el común denominador de “peligros morales” se encierra una atiborrada serie de riesgos, aparentes y reales, que sobrevuelan o se agitan alrededor del niño: la educación sexual, la vagancia, la convivencia con compañeros calificados como no aptos, el enfrentamiento con situaciones groseras y traumáticas, las experiencias tempranas alrededor de hechos que debieran esperar una mayor madurez, los ejemplos poco edificantes, la falta de sanciones para delitos punibles y la gama total de enumeraciones que, dentro de nuestra cultura, nos permite hablar de peligros morales para la niñez, sin descontar la buena dosis de prejuicios y fariseísmo que condimentan muchos hechos realmente no peligrosos. En general, si bien no hay todavía entre nosotros un conciencia nítida alrededor de lo que sí representa un riesgo para el chico, existe la posibilidad de polémica en favor de uno y otro postulado. Lo grave reside en aquellos sectores donde la inercia, el hábito, la indiferencia o la falta de información o meditación, permiten el desarrollo de prácticas educaciones que también constituyen peligros morales no solamente para un niño, sino para generaciones íntegras. Me refiero concretamente al peligro de la masificación, de la estandarización, de la pérdida definitiva de la personalidad en aras de postulados sociales, de orden y equilibrio, que conducen al hombre a ser cada vez menos individuo, menos personal y a diluirse en la indiferenciada multitud de los que coinciden, de los que obedecen ciegamente, de los que aceptan, de los que no revisan ni crean. La destrucción de la personalidad es un peligro moral que, viniéndonos desde afuera y partiendo desde los otros, sólo precisa encontrar campo propicio para  germinar. Una buena preparación de ese terreno la constituye la tendencia a la uniformidad y la persecución sistematizada y temprana de toda reacción o comportamiento original, capaz de salirse de los principios corrientes, habituales. La escuela, al menos entre nosotros, es la mayor fomentadora de los esquemas rígidos y tradicionales, no en lo que de importante y valiosa tiene una tradición, sino en cuanto es cómoda, conocida y bien probada. No sólo aquello que se enseña, sino cómo se enseña, constituyen increíbles ejemplos de mediocridad y estancamiento contra los que heroicamente luchan muchos educadores responsables.

Aquello que empieza con aulas de bancos simétricamente dispuestos, en los que los chicos no pueden moverse, que continúa con respuestas estereotipadas y dibujos calcados en cuadernos que deben ser todos igualitos y que se perpetúa en la enseñanza no renovada de hechos que, además de falsear realidades, no colocan al chico en su realidad inmediata, encuentra excelente eco en aquellos hogares donde los hijos deben comportarse y actuar como los demás y no como su personalidad lo señala. No es por casualidad que nuestros estudiantes universitarios están perdiendo el hábito de la bibliografía, lo mismo que los secundarios, y reclama apuntes para estudiar todos lo mismo en el menor tiempo posible. El hábito de pensar y discernir se está quebrando para entregar iniciativas fundamentales en manos de otros que piensen y decidan por nosotros: el peligro moral están en la entrega de nuestra originalidad, entrega que preparamos desde la niñez, vendiendo el derecho a ser distintos, de ser individuos, a instituciones o individuos que resuelvan en nuestro nombre. No puedo menos que transcribir un párrafo de Bertrand Russell, quien, en el terreno de lo internacional, ofrece un planteo y un contrapunto clarificador. Dice así:

“Están disputándose el mundo dos concepciones muy distintas de la vida humana. Para nosotros una gran sociedad es aquella que está compuesta por individuos que, en la medida humanamente posible, son felices, libres, creadores… El individuo debe tener su conciencia personal y sus fines personales, con libertad para desarrollarlos, salvo cuando causa daño a los demás… El gobierno ruso tiene una concepción distinta de los fines de la vida. Juzga que el individuo no tiene importancia y que cabe gastarlo… Se cree justo que los hombres sean esclavos rastreros, inclinados ante esos seres semidivinos que encarnan la grandeza del Estado”.

Las dos posiciones están claramente expuestas y si bien existen los matices intermedios, a nadie escapa que la mejor manera de condicionar futuros esclavos es permitir que se eduque a nuestros chicos en la monótona repetición de esquemas que no condicen con su ínsita personalidad. Por ello este capítulo tiene, como finalidad inmediata, señalar a los padres preocupados por la moral de sus hijos un aspecto soslayado y poco debatido: la posible transformación de los hijos en hombres-masa, lamentable destino de los niños preparados para conformarse y repetir.

[1] Giberti, Eva. Escuela para padres. Tomo I. Buenos Aires: Esece Editora, 1968.

Sociedad adultocéntrica

Desde que nació Samanta el hecho de que vivimos en un mundo “adultocéntrico” se ha hecho cada vez más visible para mí. Caminar por la calle con un bebé que quiere mamar te hace notar que en realidad no existen muchos lugares para detenerse a hacerlo y si te sientas en el pórtico de alguna tienda no falta quién te mire mal por obstaculizar la vista de la vitrina o algo así. Ahora entiendo a los pobres padres cuyos bebés lloran en lugares cerrados. Se siente una tremenda frustración, porque no sabes como calmar a tu bebé, pero tampoco quieres que el resto te mire con cara de “asesinaré a tu hijo si no lo callas de inmediato”. Y la guinda de la torta, es ver como las opciones de lugares a dónde ir se reducen a unos cuántos parques y, por suerte para los capitalinos, a la Biblioteca de Santiago (también se puede ir a un mall, pero entre quedarme en la casa e ir a un mall…).

Hace un tiempo comenzó a aparecer la tendencia free child que, contrario a lo que hubiera deseado A.S Neill, no se trata de niños libres sino de servicios libres de niños. Hoteles, restaurantes, aviones, entre otros, en donde no se permite el ingreso de niños menores de cierta edad. Si bien la tendencia me parece aberrante, creo que es sólo la manifestación clara y honesta de lo que realmente siente la mayor parte de la gente hacía los niños: que son un estorbo. Por algo toda la sociedad está estructurada de una manera en donde los niños no tienen cabida. Al menos no solos. No es posible dejar a un niño sin restricciones en una tienda, ni en la calle, ni en un restaurant y los padres sabemos no sólo lo difícil que es “controlar” a un niño en esos lugares, sino lo mucho que aprenderían si no tuviéramos que hacerlo por los riesgos que eso conlleva.

¿Que los niños son el futuro? Sí, muchos lo dicen. Pero en ese cliché la palabra clave es “futuro” porque demuestra su verdadero interés, que no son los niños. Lo que realmente interesa es el niño en potencia, lo que el niño puede llegar a hacer por ellos, por el futuro, por el mundo, pero no le dan importancia al niño en sí mismo. No les interesa castigar, reprimir o sermonear a un niño con tal de que en algún momento cambie su manera de ser y se convierta en lo que desean que sea. No importa si un niño es feliz destrozando juguetes, porque lo que realmente importa no es la felicidad del niño sino las expectativas en torno a él.

¿Han notado que nadie promueve darle el asiento a los niños en el transporte público? ¿O que le pedimos favores a los niños constantemente, creyendo que están menos cansados que nosotros o que lo que están haciendo es menos importante? ¿Han notado que cada vez son menos las madres que amamantan porque ven primero su comodidad y no la del niño? ¿O que el primer reparo en cuanto a criar niños libres es la molestia que vamos a sentir a causa de ese tipo de crianza? ¿Han notado que muchas parejas homosexuales no tienen reparo en contratar un vientre de alquiler, sin pensar en el dolor que puede sentir una criatura al ser separada de su madre? Todo esto es síntoma de una sociedad adultocéntrica, en donde los niños aún no tienen cabida. ¡Si ni siquiera nuestros hogares son aptos para niños! No sirve de nada establecer mil políticas en torno a la familia si como sociedad no comenzamos a cambiar esa actitud frente a los menores de edad. No sirve de nada ser anarquista si vamos a querer conducir las vidas de nuestros hijos. No sirve de nada ser anti especista si vamos a discriminar a otros seres humanos por su edad.

Lo único terrible (y al mismo tiempo, una de las tantas cosas maravillosas) de haber tenido a Samanta es que ahora me doy cuenta que yo también estuve participando durante muchos años en ese “juego”. Que, emulando a mi madre, le grité a mis hermanas y las hice callar. Que critiqué a niños por llorar en el supermercado o por no quedarse quietos en una sala de clases y me quejaba si un bebé lloraba en una micro. Y, en cierta forma, entiendo a la gente y por lo mismo aquí no quiero hacer una condena sino un llamado de atención. Quiero que abramos un poco las mentes y nos demos cuenta de que, si quisiéramos, podríamos crear una sociedad en donde los niños sí tengan cabida. Que podemos convivir con ellos sin necesidad de caer en el juego de poder y que hay tanto, ¡tanto!, que aprender de ellos que el cambio es realmente necesario. Si vamos a decir que los niños son el futuro, al menos tengamos el reparo de otorgarles un buen presente.

“Nada, nada me agrada más
que ver a los niños jugando, descubriendo
sus instintos tersos y sus músculos flexibles, con esas risas
impredecibles como las rutas del viento. Ellos sí que saben
actuar como dioses, engendrar especies y mundos, dialogar
con los animales a empujones y balbuceos, venerar
los espíritus del barro y de las aguas. No acostumbro
pedirles nada a mis criaturas, pero hoy día les suplico
una sola cosa: dejen en paz a mis niños, no me los envejezcan
antes de tiempo, no enturbien sus inteligencias. Yo, el Señor, se lo pido
humildemente, por favor […]

No entristezcan, no corrompan, no levanten
sus manos contra mis niños. Déjenlos en paz, permítannos
a ellos y a Mí ser divinos: bañarnos en las fuentes de las plazas,
mearnos en el parqué y los pantalones,
llorar y matarnos de risa en sus iglesias y barbas:
así, malmirados pero felices, estamos bien. Ustedes tienen razón, después de todo:
ustedes son los grandes, los maduros, pero olvidan
que lo único que le falta al fruto maduro es podrirse.”

Marcelo Fuentes.

El mundo de los bebés

El mundo de los bebés es un documental hecho para dilucidar qué métodos son más efectivos para criar a un bebé durante sus primeros meses de vida. Tal promesa, como suele suceder con este tipo de documentales, no se cumple y el programa termina con una frase muy habitual cuando se trata de m(p)aternidad: “todos los métodos sirven, dependiendo de la familia”. Una frase cliché que se aplica en algunos puntos, pero no en todos, pues hay cosas que sí son mejores que otras independiente de la familia o la cultura en la que se este inmerso.

Si bien leí Tu hijo del doctor Spock y El Concepto del Continuum de Jean Liedloff, no estuve familiarizada con Truby King hasta después de ver El mundo de los bebés, pero sí leí Duérmete, niño de Eduard Estivill, que vendría a ser el análogo de King. He leído sobre cada una de estas perspectivas desde que quedé embarazada. Mucha gente me ha hecho comentarios referente a eso. Me preguntan si acaso creo necesario leer libros para criar a mi hija. Y lo cierto es que sí, los necesito. No para tener un manual de instrucciones, sino para obtener otros puntos de vista. Como bien señalan muchos padres, vivimos en una época de incertidumbre y recibimos montones de información. Conocer los distintos puntos de vista nos ayuda a elegir un camino que, de preferencia, no esté marcado por exigencias externas, sino por lo que esperamos al formar una familia (con veracidad sobre los resultados, por supuesto. Como podrán comprobar más adelante, muchos de estos métodos se escudan bajo mentiras para venderse).

Con respecto al documental, trataré de examinar los principales puntos de las teorías de cada autor para que puedan comprobar lo irresponsables y adultocéntricos que han sido los productores de El mundo de los bebés al sugerir que todos los métodos sirven.

ADVERTENCIA: Aunque parezca obvio decirlo, sugiero que para efectos de una óptima lectura vean el documental completo antes de leer mis comentarios y observaciones.

LACTANCIA MATERNA: Es curioso que en el documental sólo Claire Scott (la “mentora” que se basa Jean Liedloff) promueva la lactancia materna. Curioso, pues se supone que el concepto del documental es seguir los tres “manuales” elegidos y todos los autores recomiendan la lactancia materna.Como señalé antes, existen puntos que no dependen de la familia o la cultura y este es uno de ellos. Los beneficios de la lactancia materna tanto para la madre como para el bebé están ampliamente documentados [1] [2] [3] [4] [5] y las tribus indígenas comprendían dichos beneficios sin necesidad de hacer estudios sobre el tema. Por supuesto, no se trata de imponer, pero creo que es necesario que las madres conozcan todos esos beneficios al momento de elegir que alimentación van a otorgar a sus hijos. Si estos beneficios no se conocen, se suele caer en el error de creer que es lo mismo alimentar a un bebé con leche de vaca, leche maternizada o leche materna.

Si bien todos los autores recomiendan la lactancia materna, sólo Truby King establece horarios, lo cual no está recomendado en la actualidad, pues es mejor tanto para el bebé como tribuspara una adecuada producción de leche que el lactante mame a demanda [6] [7].

DORMIR: En este punto podemos encontrar más desacuerdos. Para Liedloff lo más apropiado es que los bebés duerman con sus madres hasta que ambos quieran. De esta forma se continúa la lactancia materna a demanda durante la noche, la madre duerme mejor pues no debe levantarse a cada momento y el bebé duerme más tranquilo al estar en contacto con su progenitora. Para respaldar esta tesis la antropóloga argumenta que los bebés, por cuestiones evolutivas, necesitan dormir acompañados. De preferencia por sus madres. Para Spock, el bebé debía dormir en la habitación de sus padres los primeros tres meses y luego se lo debía cambiar de habitación y dejarlo llorar hasta que se resignara y aprendiera a dormir solo, pues según el doctor un bebé a esa edad sólo llora de rabia por no poder estar con sus padres (N/A: ¿y eso es menos importante?). Para Truby King, un bebé debía dormir solo en su habitación desde que nacía y los padres debían dejarlo llorar. Sus principales argumentos están enfocados en la creencia de que los bebés son seres manipuladores y que por ello los padres no debemos ceder a sus demandas, si no a la inversa.

Nuevamente, una de las mentoras no cumplió con lo que se señalaba en su manual. Es cierto que una de las premisas de Spock era que la madre sabía más de lo que creía, pero aún así él establece muchísimas reglas que Trina Hamilton pasa por alto. La permisividad que se le achaca a Spock surge más bien de la comparación porque claro, si lo ponemos al lado de alguien como Truby King, Spock es sumamente permisivo.

En cuanto al colecho se dice mucho. Lo cierto es que en pediatría no existen estudios concluyentes. La UNICEF recomienda el colecho para mantener la lactancia materna y sólo advierte los posibles peligros de la cama, que pueden ser prevenidos [8]. Otros estudios señalan que el colecho es una mala práctica porque no consideraría las reales necesidades del niño [9], sin embargo me parece necesario recalcar la contradicción que supone que esas necesidades reales sean las que plantee el pediatra y no las que exprese el niño (ya sea a través de su llanto o con palabras en edades posteriores).

Uno de los principales motivos que se usan para desaconsejar el colecho es que los hijos se “mal acostumbran” y que luego es imposible sacarlos de la cama y/o enseñarles correctos “hábitos del sueño”. Lo cierto es que los estudios con respecto a esto último demuestran que el colecho permite que los niños duerman bien, no existen riesgos de que luego no quieran salir de la habitación de sus padres (como suele preguntar Carlos Gonzalez: ¿alguien conoce a un niño de 15 años que duerma con sus padres?) y sólo es necesario tomar las medidas necesarias para que la cama no sea peligrosa para el bebé [10] [11]. Es más, algunos estudios incluso plantean que el colecho fomenta la lactancia materna y ayuda al bebé a dormir mejor [12].

¿Qué método resulta mejor? Mientras no se deje llorar a los niños solos en su habitación (a continuación me enfocaré en el tema del llanto), se los mantenga en su cuarto los seis primeros meses (para evitar el riesgo de muerte súbita) y se los respete, cualquier forma de dormir es buena para el niño.

LLANTO: Con respecto al llanto, Spock consideraba que después de los tres meses el bebé sólo llora para manipular, por lo que si sus necesidades básicas están cubiertas hay que dejarlo solo. Truby King también pensaba así, pero lo extendía desde el nacimiento del bebé. En oposición a ambos, Liedloff plantea que el llanto siempre es una forma de comunicar algo, por lo que los padres deben prestarle atención e intentar calmarlo.La mayoría de los estudios hechos sobre el llanto de los bebés (los estudios de verdad, no los de Estivill en donde se cita a sí mismo o cita a discípulos que lo citan a él) confirman que dejar llorar solo a un bebé le puede causar daños ya sea en su infancia o más adelante. La mayoría de los “expertos” que sugieren dejar a los bebés llorar o las familias que siguen estos modelos aseguran que estos dejan de llorar. Eso sucede porque el bebé adquiere algo que han llamado como “indefensión aprendida”: como el bebé sabe que no puede contar con quiénes lo rodea, deja de llorar [13]. No es que los bebés “aprendan” que deben dormirse solos, sino que se resignan a que nadie los ayudará.

Aún considerando lo anterior, es debido mencionar que el llanto no es totalmente negativo. Este tiene funciones terapéuticas, por lo que no hay que sentir tanta presión cuando el bebé llora, sólo hay que intentar calmarlo y si no funciona, hacerle compañía para no aumentar su angustia [14] [15].

CARICIAS Y ATENCIÓN: Tanto Spock como Liedloff concordaban en que el cariño era fundamental para el bienestar del bebé y de la madre y en que no existe un parámetro de cuánto cariño o atención debe recibir el lactante. Por el contrario, Truby King planteaba que era necesario dejar a los bebés solos la mayor parte del tiempo y disminuir las caricias lo máximo posible para criar niños menos individualistas. En el documental podemos ver como Claire Varity sólo permite que la madre sostenga a su hijo por diez minutos y que al darle mamadera tiene que mantener al bebé lo más distanciado posible de sí misma.

Actualmente los estudios apoyan las tesis de Spock y de Liedloff. Las caricias producen endorfinas (inhibidoras de las fibras nerviosas que transmiten el dolor y analgésica. Produce sensación de bienestar) y disminuye el cortisol (hormona que se produce en respuesta al estrés y que segregada a largo plazo puede causar diversos daños [16]).

OPINIÓN PERSONAL SOBRE LAS MENTORAS Y LOS MÉTODOS UTILIZADOS: Una de las mayores impresiones que me lleve al escuchar a Claire Varity, mentora del método Truby King, es su forma de ver a los hijos como “enemigos” a los que hay que doblegar. Además, está hablando todo el tiempo sobre como los padres deben “recuperar la normalidad”. Entonces, ¿para qué tienen hijos? ¿Cuál sería el sentido de tener hijos si no se cambia, si no se cree en la sabiduría que ese cambio nos puede aportar? Digo, si alguien quiere dedicarse a dar fiestas, pasarlo bien y dormir en paz, lo último que debe hacer es tener hijos. Es notable la pregunta de Trina Hamilton: “Si vas a apartar a tus hijos la mitad del día, ¿para qué los tienes?”.

Creo que los hijos vienen a cambiarlo todo y es justamente la gracia de tenerlos. Nuestros esquemas se rompen y somos capaces de aprender cosas nuevas. Es cierto que no hay que dejar todo de lado al tener hijos y que estos también también tienen que adaptarse a uno. Pero eso debe ser de manera gradual, con algunos sacrificios y también aprendiendo a hacer las cosas de formas diferente.Cuando nos vamos a vivir con una pareja o incluso con un grupo de amigos tenemos que comenzar a cambiar parte de nuestro estilo de vida. Pues con los bebés pasa lo mismo. Negarse al cambio es negar uno de los principales factores que nos permite sobrevivir.

A Claire Scott, mentora del método de Jean Liedloff, también le encuentro sus contra. Si bien concuerdo con casi todo lo que dice, no me gusta su forma de argumentarlo, siempre recurriendo a la falacia ad antiquitatem, ya que “siempre se ha hecho así” es un argumento fácilmente refutable (¡Ojo! Liedloff no argumenta de la misma forma). Es más, si apelamos a lo “natural”, pues el cambio está dentro de nuestra naturaleza y podemos buscar formas de hacer las cosas de manera diferente sin que ello sea perjudicial.Concuerdo con ella en respetar los ritmos del bebé, pero pienso que esos ritmos pueden ser respetados en una cuna y en un coche, no sólo en un porta-bebés y durmiendo al lado de sus padres.

Trina Hamilton, por su parte, no sigue los planteamientos de Spock. No es la gran crítica, pero sí es debido señalarlo, ya que la premisa del documental indica que estas mentoras seguirán los libros al pie de la letra. Con respecto a sus métodos, Hamilton señala que si uno no quiere darle pecho al bebé no tiene que sentirse culpable, pero me parece algo negligente no informarle a esas madres que la mejor opción es la lecha materna, tanto por un tema nutricional como afectivo. No es obligarles, por supuesto, pero sí mostrarles cómo son las cosas. Al menos en el tema de la lactancia materna sí existen hechos demostrables que respalden sus beneficios y que una “experta” los pase por alto no me parece bueno. Sí me gustó eso de “deja las cosas que no son importantes y recarga tus pilas” y también lo de aceptar toda la ayuda posible.

SOBRE EL DOCUMENTAL: Como ya señalé varias veces, una de las fallas del documental es que las mentoras no siguen las lecturas al pie de la letra. Sin embargo, una crítica mucho más importante es que los métodos utilizados sólo estudian los primeros tres meses de vida. Las secuelas de la primera infancia pueden verse sólo años después, por lo que no se puede concluir que un método es buen enfocándose en tres meses de vida. Sólo Claire Scott demostró con hechos que los niños criados bajo el concepto del continuum obtienen bienestar e independencia, cosas que ella prometió.

También es importante destacar que en el documental no señalan qué métodos están pensados en el bienestar de los padres (en su época, King y Spock hicieron sus planteamientos pensando en el bienestar de los bebés, pero hoy sólo se siguen implementando pensando en la comodidad de los adultos) y cuáles en el bienestar de los bebés.

No se le pueden pedir peras al olmo. Los documentales de esta índole nunca profundizan y ciertamente son sesgados y responden más a intereses comerciales que a verdaderas intenciones de informarnos (se destaca, por ejemplo, el caso de la lactancia materna. Evidentemente existen intereses tras la forma en que el tema fue abordado, y posiblemente tengan que ver con asuntos de orden económico, como venta de mamaderas, leches maternizadas y otros).

Ocultándose bajo la democrática imagen del “directorio pluralista”, despliegan su mejor arma: poner en un mismo nivel enfoques y teorías que por su mera coexistencia son supuestamente igual de válidas. Con la ilusión de control de nuestras propias decisiones que este relativismo transmite, convierten al espectador en controlado; entendiendo el control que ellos ejercen sobre los contenidos también a los receptores de los mismos.

Hijos en Libertad

Titulo original: The free Child
Autor: Alexander Sutherland Neill
Año de publicación: 1953
Género: Pedagogía, Enseñanza, Crianza
Editorial: Gedisa
Edición: 1976

Alexander Neill (1883-1973) fue un educador “revolucionario”. Decepcionado del sistema escolar tradicional, fundó su propia escuela: Summerhill. En esta, los niños gozaban de una posición horizontal con profesores y directivos, así como de la libertad para aprender cuándo, cómo y lo qué quisieran. Neill consideraba que el aprendizaje forzoso es inútil, pues sólo sirve para aprobar exámenes; a largo plazo, los chicos se olvidan de todo lo aprendido. También pensaba que los niños tenían que vivir sus vidas en función de sus deseos y no en función de sus padres, profesores o autoridades gubernamentales. El principal eje de toda su obra es el enfoque en el bienestar emocional de los jóvenes, cosa que para el sistema tradicional es irrelevante. Hijos en Libertad es una de las tantas obras que Neill escribió sobre Summerhill. En esta se dedica a precisar las diferencias entre libertad y libertinaje y a responder las dudas de padres, profesores y jóvenes sobre temas relacionados a la crianza y a la enseñanza.

Leí por primera vez este libro estando embarazada. En aquel momento no conocía mucho sobre las pedagogías libertarias, alternativas o como quieran llamarlas, ni mucho menos sobre educación en casa. Sólo intuía que algo en el sistema escolar andaba mal. Mi principal motivación para leer el libro fue que no me gustaba del todo la forma en qué había sido criada y quería comprobar que existían maneras más libres de educar a un hijo. Lo curioso es que en aquel entonces Hijos en Libertad me pareció demasiado… libre. Hace un par de días lo releí y no puedo recordar qué ideas me parecieron tan descabelladas. Lo cierto es que las propuestas de Neill son bastante lúcidas, pero chocan a quién está inmerso en un sistema tan cerrado como el nuestro.

Lo primordial para comprender tanto el libro como los principios de Summerhill es diferenciar libertad de licencia. Neill explica que muchos padres no fueron capaces de entender que esa liberad que él pregonaba se aplicaba tanto a los padres como a los hijos (y a los profesores), por lo tanto la licencia vendría a darse cuando una de las partes trasgrede la libertad ajena. Por ejemplo, se consideraría licencia si un niño toma cosas de sus padres sin permiso o rompe los vidrios del hogar. Y sería libertad si un niño decide leer en casa en vez de ir a la Iglesia u opta por no bañarse en una semana. Sin embargo, cuando trata casos de licencia el autor siempre hace algunas precisiones. Que un niño de 3 años tome algún objeto de sus padres no es lo mismo que si lo hace un adolescente de 13. En el segundo caso (o sea, cuando los actos de licencia son cometidos por jóvenes que comprenden lo que están haciendo), más que castigar o repetir normas, Neill recomienda profundizar en las conductas de los hijos. En una de las cartas enviadas una señora manifiesta molestia porque su hija grita constantemente durante las conversaciones. Los padres ya le han explicado que su conducta es molesta, pero la niña sigue haciéndolo, por lo que le pide sugerencias al autor. Neill responde:

“El método represivo es inútil e implica una pérdida de tiempo. Me parece que su hija se siente inferior, un estorbo en la familia […] Y es muy posible que se trate de una protesta constante contra su postergación. ¿Pero por qué se inquieta por lo que, al fin y al cabo, es un problema de segundo orden? ¿Se preocupa por el adoctrinamiento que su hija recibe en la escuela o en la iglesia? Alguna vez se sienta tranquilamente a pensar: ¿por qué mi hija se muestra rebelde y desdichada?

Profundicen, señores, profundicen y dejen de preocuparse por los que no son sino síntomas exteriores de conflictos internos. Procuren llegar al fondo de las cosas, al meollo de la vida, más allá de los detalles convencionales que son efímeros y minúsculos. Su pobre chica tiene un agravio, una protesta, un infortunio que les oculta” (33).

Además de enfocarse en los problemas de fondo, me llama la atención lo que el autor menciona como “actitudes antivida”, que vendrían a ser la causa del excesivo descontrol de algunos jóvenes. Entre estas actitudes se encuentran, por ejemplo, la exigencia de modales, de permanecer limpio, educar a los niños con la visión de que el sexo es algo malo y pecaminoso o pautas morales rigurosas. Neill las ha nombrado así (antivida) porque considera que estas represiones impiden al niño ser él mismo y, por lo tanto, vivir tranquilo.

Neill también se opone a enseñar a los niños algún tipo de doctrina o religión, pues estas enseñan a las personas cómo vivir y nadie debería decirle a otro cómo hacerlo. El hecho de que sean niños no significa que podamos modelarlos a nuestra imagen y semejanza. Como dijo Dawkins, nadie catalogaría a un niño de anarquista o marxista, pero en asuntos religiosos es poca la gente que tiene algún reparo al momento de etiquetar a sus hijos e, incluso, de obligarlos a seguir la religión de sus padres.

En el libro también se hace mucho énfasis en permitir que los chicos elijan su propio camino en cuánto a la profesión. Aún hoy me sorprendo de la tremenda cantidad de jóvenes que estudian una carrera sólo porque sus padres quieren y lo obligaron de una u otra forma (ya sea con sobornos o castigos) y aún más es la cantidad que sigue estudiando aún cuando preferiría trabajar ya que el estudio no es lo suyo. Estar al tanto de estos casos hace notar que libros como este siguen estando vigentes aún medio siglo después de publicados.

La manera libre de criar a los hijos planteada por Neill es, desde mi punto de vista, el amor y el respeto en su máxima expresión. Es un modelo de familia horizontal, que tiene como propósito crear personas libres… Quizás no físicamente, porque aún vivimos bajo un estado que regula nuestras vidas, pero sí interiormente. Por lo mismo, Hijos en libertad puede servir para aquellas familias que deban enviar a sus hijos a escuelas tradicionales, pero sientan deseos de otorgarles libertad al menos en sus hogares.

Homeschooling en Chile

Es difícil saber cuándo me acerqué al tema de la educación en casa. Creo que fue gracias al libro La pasión de aprender de Robert L. Fried, aunque su eje central son las formas de hacer escuela alternativas (Montessori o Reggio Emilia, por ejemplo). Sin embargo, acercándome a esas pedagogías me enteré de la educación en casa y de su implementación en Chile. El tema llamó mi atención porque viví en carne propia cómo el sistema educacional hegemónico aniquila la pasión por el aprendizaje de muchos niños. Soy una de esas personas que se sintió infeliz yendo al colegio: tenía muchas pasiones a las que no pude dedicarles tiempo y la obligación de estudiar otras tantas que nunca me han sido de utilidad. Resultó interesante conocer una manera diferente de hacer las cosas, pues me crié con la idea de que ir a la escuela era casi tan necesario como alimentarse.

En Chile, el homeschooling no es algo tan habitual como en otros países, pero sí está teniendo buena acogida. Ya son muchas las familias que han sacado a sus hijos del colegio (varios blogs, entrevistas, reportajes, entre otros dan cuenta de ello) y otras personas, que aún no son padres, se plantean la posibilidad. Cabe preguntarse, ¿por qué hay personas que no quieren enviar a sus hijos al colegio como el resto? ¿Cuáles son los beneficios de la educación en casa por sobre los beneficios que otorga el sistema educacional chileno? Si bien cada familia tiene su forma de educar en casa y sus motivos para hacerlo, trataré de presentar los principales ejes de este tema.

Advierto de inmediato que no soy ninguna experta (aunque habría que preguntarse desde cuando la experticia es garante de algo…). La mayor parte de mis conocimientos sobre homeschooling se basan en la teoría y en experiencias ajenas. Por lo mismo, cualquier corrección es bienvenida y también las discusiones que puedan surgir sobre el tema. También debo aclarar que esta entrada no busca ser un ataque hacía nadie: si hay personas que les gusta el colegio o sienten que ha sido eficiente en su caso, ¡me alegro por ellos! Sólo hago un llamado a abrir sus mentes a otras posibilidades: no todos somos iguales ni reaccionamos de la misma forma a ciertos estímulos.

I. ¿Qué ventajas tiene el homeschooling?

Atención individualizada: Esto es sumamente importante, pese a que no se le dé mayor importancia en el sistema educacional. Cada persona aprende a su manera, por lo que en la escuela no se puede enseñar de una forma que sea apta para todos, provocando que muchos chicos queden rezagados. Por ejemplo, existen estudiantes que aprenden más a través de lo sensorial (el tacto, el movimiento, las emociones) que mediante la lectura de un texto o la audición de una clase. Son chicos que necesitan moverse y tocar para aprender, por lo que la habitual sala de clases con el profesor al frente y los alumnos en sus respectivos puestos no suple sus necesidades. Lo peor de todo es que el sistema achaca a esos niños la culpa por su fracaso [1]. Al educar en casa esas necesidades podrían ser satisfechas.

Cada familia puede organizarse como mejor le convenga: Al educar en casa el horario es más flexible y adaptable a las necesidades familiares. La mayoría de las familias homeschoolers también tienen horarios (guiados, sobre todo, por los trabajos paternos), pero estos permiten que los chicos puedan optar por pasar el día en la biblioteca, asistir a talleres que se dan en horario “escolar”, pasar más tiempo con sus padres al no tener tareas obligatorias, etc.

Preparación para la vida “real”: El principal argumento de quienes se oponen a este tipo de educación es que los padres estarán encerrando a los hijos en una burbuja. Sin embargo, es más certero plantear el colegio como tal: los niños deben convivir con otros de su misma edad, en un salón con determinada cantidad de estudiantes y en donde generalmente conviven con personas de cierta clase social. Los niños casi no pueden tomar decisiones por su cuenta, pues todo lo que deben aprender, hacer y elegir es dictado por otros. En la vida, debemos tomar decisiones, convivir con personas de otras clases sociales, religiones, etnias, etc. En la “realidad”, debemos elegir qué aprender, dónde, cuando y cómo. Lo cierto es que el sistema actual no prepara ni para la vida y, en ocasiones, ni siquiera para la universidad ni el mundo laboral [2]. Mucho menos para resolver los conflictos sociales y globales que enfrentamos, como bien ha planteado Alvin Toffler [3].

Promueve (o al menos no suele coartar) la creatividad: La escuela, en general, mata la creatividad innata. En palabras de Ken Robinson: “los niños son creativos y no les importa equivocarse, se atreven hasta con lo desconocido y luego siguen a otra cosa. Pero el sistema educativo les mata la creatividad, porque no admite el error. Todo el sistema escolar está basado en la prohibición y la corrección del error. A los niños los educamos de cintura para arriba, y SÓLO UN LADO DEL CEREBRO. Nuestra tarea es educar a la totalidad de su ser” [4].

Los niños pueden aprender lo que les interesa y sea de utilidad: El curriculum escolar está lleno de materias que tal vez nunca servirán (no señalo cuáles, pues esto depende de cada uno) y deja otras tantas de lado. Se imponen una serie de asignaturas obligatorias, en la mayoría de los casos sin presentar motivos de porqué se ha elegido estudiar X en lugar de Y. 

Y lo más importante: Los niños aprenden para ser felices y satisfacer sus necesidades, no para cumplir expectativas ajenas.

II. ¿Por qué no se opta simplemente por un colegio Montessori, Waldorf, Regio Emilia, etc?

Una de las principales razones por las que mucha gente no opta por colegios con estas pedagogías es por el precio. El Colegio Huelquen de Lo Barnechea, por ejemplo, cobra $350.000 de matrícula y $244.000 la mensualidad para la enseñanza básica y media (más una cuota de incorporación de UF 70,00) [5]. El Colegio Rayen Mahuida de Colina cobra una cuota de incorporación, siendo la más alta la de UF 60 para preescolar (este mes eso correspondería a $1.314.960) y la más baja, la de UF 20 para 3º y 4º medio ($438.320). Además, cobra una mensualidad de más de $180.000 [6]. El colegio Epullay cobra desde $168.000 mensuales, más una matrícula de UF 6,5  (equivalentes a $142.454) [7]. El colegio Giordano Bruno cobra una matrícula desde $160.000, una mensualidad desde $206.500, una cuota de materiales desde $97.000 y $2.400 de almuerzo [8]. Podría seguir, pero creo que el punto ya se entendió. Aún si el precio fuera alcanzable, estos colegios caen justamente en “encerrar” a los chicos en una burbuja. Porque, seamos sinceros, una familia de clase baja no podría pagar aranceles tan altos. Otra razón por la que no se suele optar por este tipo de colegios es que gran parte de ellos no cumple a cabalidad con las pedagogías que enseña: para entrar en ellos, por ejemplo, mucho de ellos piden exámenes de admisión. Al igual que la escuela hegemónica, dividen el conocimiento en asignaturas y horarios, tienen evaluaciones…

III. Socialización

La pregunta que viene a la mente de muchas personas es ¿cómo estos niños socializan? Pese a que el homeschooling significa literalmente “educación en el hogar”, no quiere decir que los chicos pasen encerrados. La socialización puede lograrse mediante la convivencia con otros niños en lugares públicos (bibliotecas, parques, museos, cines teatros, etc), mediante talleres (scout, natación, orquesta, etc) y/o simplemente saliendo a la calle.

IV. ¿Cuánto cuesta educar en casa?

Depende de cada familia. La mayoría utiliza un computador (o más) con conexión a internet, pero habiendo una biblioteca pública cerca de la casa esto no es indispensable. Se puede gastar también en los materiales que habitualmente se compran para el colegio: cuadernos, lápices, libros, cartulinas, etc. Algunos también contratan profesores particulares, aunque leyendo blogs de homeschoolers en Chile he notado que son pocos los que hacen esto.  Con respecto a los talleres y actividades, estos se pueden encontrar gratis o a precios bajos. Aunque claro, este tema también depende de la situación familiar: si antes pagaban un colegio particular o subvencionado, financiar talleres tal vez no sea un gasto excesivo, pero sí en el caso de quienes estaban acostumbrados a la gratuidad del colegio público. De todas formas es necesario destacar que los talleres no son una necesidad: no hay que atiborrar al chico con actividades sólo porque no va al colegio.

V. Talleres y actividades gratuitas en Santiago:

  • Balmaceda Joven: Talleres gratuitos en diversas áreas. La mayoría se desarrolla dos veces por semana con duración de una a dos horas [9]. Por cierto, tienen sedes en otras ciudades.
  • Biblioteca de Santiago: En la cartelera de actividades se pueden encontrar varios de los talleres impartidos, entre los que se encuentran de Karate, una Escuela de Cuentacuentos, Capoeira, Danza Folclórica, Filosofía, etc [10].
  • Talleres comunales: Se dan en varias comunas de Santiago y si bien algunos cobran, el precio es mínimo.

Sólo tengo información sobre Santiago porque es la ciudad en dónde vivo. Si alguien quiere aportar datos sobre su ciudad, puede hacerlo a mi correo o en los comentarios de esta entrada y yo los publico por este medio.

VI. ¿Todos los padres pueden educar en casa?

Pueden hacerlo muchos más de lo que la gente cree, pero no todos. Sé que hay muchos que tienen problemas económicos y ahí la cosa se complicaría. Pero, en algunos casos, hay que saber establecer prioridades: ¿necesitas Tv cable? ¿necesitas comprar ropa en grandes tiendas? ¿es necesario comprar bebidas gaseosas todos los días? ¿no sería mejor comprar en ferias libres en lugar de comprar en el supermercado?

En caso de que se puedan recortar gastos, uno de los padres podría optar por un trabajo part-time o simplemente por quedarse en casa. También existe la posibilidad de trabajar de manera independiente e incluso, para quiénes puedan hacerlo, está la opción de contratar a alguien que cuide al o los niños o buscar a alguien de la familia. En Concepción se dio algo aún más interesante: un grupo de padres se organizó para educar, por turnos, a sus hijos fuera de la escuela [11]. Todos eran trabajadores.

Con respecto a los conocimientos, en general no es necesario ser pedagogo para enseñar. Basta con tener paciencia, informarse harto sobre enseñanza y aprendizaje y estar dispuestos a investigar par a par con los niños, no ponerse a entregar conocimientos como dueño de la verdad (para eso los dejamos en el colegio, ¿no?).

VII. ¿Es legal en Chile?

Si bien la legislación chilena obliga a los padres a educar a sus hijos hasta cuarto medio (Ley 19.876) en un sistema formal, el artículo 10º de la Constitución también le da a los padres el derecho preferente y el deber de educar a sus hijos.

Pero para certificar sus estudios, los niños deben rendir exámenes libres del nivel y curso que un estudiante o su apoderado dice poseer, procedimiento regulado en el decreto exento Nº 2272/07, el cual permite rendir exámenes del curso que solicite, acreditando con las certificaciones correspondientes, el último año cursado. Para la rendición de estos exámenes los interesados deben completar una solicitud en el Departamento Provincial de Educación correspondiente a la comuna de residencia, que les indicará un establecimiento reconocido por el Estado, quien tomará dichos exámenes. De aprobarlos se les entregará la certificación correspondiente.En el Ministerio de Educación declinaron opinar sobre este tipo de enseñanza. “Dado que el ministerio no cuenta con información sistematizada sobre este método educacional no sería apropiado emitir una opinión en este sentido”, señalaron.

(Extraído de La Nación)

Corrección: en el extracto del diario La Nación se señala que es el artículo 10º el que le da el derecho a los padres sobre la educación de sus hijos, pero en realidad es el artículo 19º, numerando 10º.

VIII. Enlaces útiles

  • Epysteme: “La Asociación Epysteme está formada por un grupo de profesionales, padres y madres, expertos en homeschooling (educación en casa), que dan apoyo y solución a aquellas personas que por diversos motivos, independientemente de la edad que tengan, necesitan obtener certificaciones académicas de forma distinta a la escolarización presencial”. Es caro para los chilenos, así que le recomiendo la inscripción sólo a aquellos que realmente puedan gastar en esto. Sin embargo, la página también es útil por sus artículos.
  • La opción de educar en casa: “Soy Madalen Goiria y en este blog ofrezco información relevante sobre el homeschool desde el 16 de abril de 2007. Se agradecen tanto las críticas como los comentarios”. Este blog ofrece excelente información sobre el homeschooling.
  • Yo aprendo: “Yo Aprendo es un plan de estudios diseñado para ayudar a los estudiantes a mejorar su rendimiento académico. El plan de estudios incluye la instrucción, ejercicios prácticos y evaluaciones, así como audio / video tutoriales y enlaces a actividades interactivas para que el aprendizaje motivador y atractivo”. La inscripción a este plan de estudios sólo cuesta $20.000 anuales, por lo que me parece muy recomendable para todos los bolsillos.
  •  Homeschool Chile: Esta página es para todos los interesados en la educación en casa. Se comparten opiniones, enlaces, vídeos, experiencias y más. Sólo se puede acceder a ella vía inscripción y luego de que se autorice el ingreso. Hay que pagar $1.000 al año.
  • Colegio personalizado Homeschool: Esta página contiene cursos desde la básica hasta la media y apoyo psicopedagógico. No sé que más contiene ni si cobran, porque aún no les envío un correo.
  • Educando en la casa: Andrea Precht es una profesora que decidió sacar a sus hijos del colegio el año 2009 y este es su blog. Les dejo el link con acceso directo a las preguntas frecuentes.
  • Laura Mascaró: Sitio personal de una abogada, escritora y madre homeschooler española.

IX. Libros recomendados:

  • El nuevo Summerhill e Hijos en Libertad de A.S Neill: En realidad, son muchos los libros de Neill(fundador de la escuela libre inglesa Summerhill) que sirven para quién desee educar en casa, pero elijo estos dos porque el primero fue escrito en una etapa bien avanzada de la vida del autor (lo que implica una mirada amplia de lo que fue su proyecto educativo) y el segundo porque se refiere más a la familia que a la escuela.Recomendar a este autor parte de una postura personal: a mucha gente puede que le desagrade, ya que la libertad (ojo: no libertinaje) que propone Neill es más de la que muchos padres estarían de acuerdo con otorgar. Pero bueno, pueden leerlos sin necesidad de seguir todas sus ideas y conservar lo que les parezca aceptable: sólo me gustaría decirles que traten de acercarse a estos libros con mente abierta.
  • Bajo presión de Carl Honoré: En este libro Honoré recopila muchísima información sobre los daños que puede provocar el estrés al que son sometidos los jóvenes, ya sea por el sistema escolar o por familias que ambicionan demasiado. Sólo menciona una vez la educación en casa, pero creo que en parte se debe a que los países que él estudió sí cuentan con escuelas alternativas accesibles.
  • Cartas a quién pretende enseñar de Paulo Freire: Como en todos sus libros, en este Freire hace un llamado a reflexionar sobre la enseñanza y la necesidad de que los niños tengan educadores respetuosos, que busquen el diálogo con sus estudiantes y no la mera entrega de contenidos.
“Educando en casa no hay un timbre que marque el ritmo de estudio. Uno no tiene por qué dejar una actividad con la que está disfrutando, en la que está concentrado, sólo porque se haya terminado la hora dedicada a esa materia. De hecho, ni siquiera hay materias en el sentido de asignaturas escolares. ¡EL MUNDO NO ESTÁ DIVIDIDO EN ASIGNATURAS!”
-Laura Mascaró.

A propósito de los #pilarsordismos

¿Por dónde partir, si cada momento de este vídeo me provoca una tremenda bocanada de rabia? Es que resulta tan molesto que una mujer con semejantes comentarios haya logrado un título universitario de psicología y que más encima tenga cabida en conferencias, programas de televisión y periódicos. Molesto, porque es ese el tipo de psicóloga que se hace oír por la mayoría y no psicólogas como Leslie Power o Rosa Jové.

Partiré por su primer comentario: “¿Qué chico va a querer comer porotos? O sea, objetivamente no hay ninguna posibilidad de que quiera comer legumbres a voluntad. Entonces, yo creo que hay un tema de autoridad, hay un tema de que yo no le puedo preguntar a los chicos todo lo que quieren”. Lean esa cita con atención: ¿no sienten que las palabras “objetivamente” y “no hay ninguna posibilidad” no deberían estar en esa oración? Sordo (apropiado apellido, por cierto) comete una generalización indebida, pues obviamente no conoce los hábitos alimenticios de todos los niños. En mi propio hogar, por ejemplo, mi hermana de 10 años adora las legumbres, también mi hija de 1 y yo misma.

Pero aún más importante es que involucre el tema de la autoridad con la alimentación. Por un lado, creo que más que autoridad se trata de un tema de hábitos alimenticios en la familia. Es probable que si los padres dan el ejemplo comiendo determinados alimentos y se crea una atmósfera de convivencia al cocinar, los hijos van a comer de buen gusto el plato de comida, sea cuál sea. Además, ¿qué se puede hacer, obligarlos? La nutrióloga Bridget Swinney señala que:

“Los estudios llevados a cabo demuestran que los niños nacen con un control adecuado de la ingesta de alimentos. Comen cuando tienen hambre y dejan de comer cuando se sienten saciados. Somos los adultos quienes enseñamos a los niños que deben comer  en las horas de las comidas, incluso si no tienen hambre. Un niño al que se le obliga a comer pierde su capacidad natural para controlar la ingesta de alimentos”. [1]

El pediatra Carlos Gonzalez, en su libro Mi niño no me come también señala que obligar a comer no es la solución y explica que los niños tienen gustos muy variados a lo largo de su vida [2]. Tanto Gonzalez como Swinney coinciden en que todos tenemos períodos en que algún alimento nos desagrada y es algo que debe respetarse.

Siguiendo con el vídeo, Pilar Sordo se espanta de que los padres le pregunten a sus hijos si quieren ir a ver a la abuela. Me pregunto, si un chico no quiere ver a su abuela, ¿no será por algo? Quizás tiene mejores cosas que hacer que evitar “perder el contacto con su historia”. No entiendo porqué un padre debiera inmiscuirse en ese aspecto de la vida de su hijo, ya que ¡es su vida! Obligar a un niño o adolescente a visitar a su abuela no va a hacerlo comprender lo importante que es dicho vínculo, sólo lo va a alejar más de la abuela.

¿Soy la única a la que las risitas de la tal Susana, de Pilar y de la tropa de mujeres en esa jornada le provoca urticaria? Me causa un desagrado tan grande ver su “adultocentrismo”. No le veo nada de malo en preguntarle a tu hijo cosas, hacerlo partícipe de un vínculo horizontal con uno (no somos sus jefes, no somos sus dueños) y decidir, entre todos, actividades a realizar. No entiendo la aversión a que la familia sea un lugar grato, sin tantas presiones. Esa concepción de que ser padres es “ser jodidos” aún no me cabe en la cabeza, sigo pensando que es una forma terriblemente aburrida y molesta de ser padres. Pilar Sordo señala que siendo grato los hijos no se educan, pero esa suposición no tiene ningún respaldo. Si eso fuera cierto, pedagogías como la de Montessori o lo que se realiza en Regio Emilia (Italia) hubieran fracasado. Por el contrario, son ejemplos de calidad a nivel mundial [3] [4] [5].

Otro lugar común que repite Pilar Sordo es eso de los derechos y los deberes. Ante cualquier mención de los Derechos del Niño, los adultos saltan clamando por sus deberes, pues creen que estos derechos implican una perdida de la autoridad. Pero como indica Emilio García Mendez, los padres no pierden autoridad, pierden autoritarismo. La diferencia entre ambas es que la primera tiene motivos de peso, una razón de ser y la segunda sólo se limita a “porque lo digo yo” [6]. Me parece que Sordo, cuando se refiere a la autoridad, en realidad lo que tiene en mente es autoritarismo: le gusta que las cosas se hagan a su pinta, en buen chileno.

¿Y qué pasa con los deberes? En mi opinión, cada hogar debiera establecer los deberes de sus hijos, siempre sin pasar a llevar sus derechos. En mi caso, no me horroriza que un niño no salude, pero sí considero importante participar de las labores del hogar (cocinar, limpiar). Aunque prefiero la idea de que los chicos enfrenten las consecuencias lógicas de sus acciones y no de andar persiguiéndolos para que hagan las cosas: si no limpia su pieza, tiene que lidiar con su desorden o si no lava su plato, no podrá usarlo luego (para profundizar en el tema de las “consecuencias lógicas de las acciones” pueden leer Padres respetuosos, hijos responsables de Barbara Coloroso).

En la Jornada tanto Pilar Sordo como Susana hacen constantes menciones al miedo que los padres sienten hacía sus hijos. Pues me gustaría citar una vez más a García Méndez: “Quién le tuvo miedo a sus padres, le tiene miedo a sus hijos”.

Pilar Sordo, no sólo en esta Jornada, sino en varios textos personales y entrevistas [7] repite que no podemos ser amigos de nuestros hijos. Sin embargo, yo creo que sí podemos ser sus amigos. Así como las relaciones de pareja se forman de varias aristas (amistad, pasión) la m[p]aternidad conlleva amistad, entre muchos otros aspectos. Quitar ese detalle tan rico, tan entretenido, me parece que es quitarle toda la diversión, todo el disfrute a la crianza. Y, aún más peligroso, genera el amargo sentimiento de querer que los hijos nos correspondan porque dimos mucho por ellos. Si disfrutáramos de verdad nuestra m[p]aternidad, no querríamos nada más a cambio que nuestros hijos sean felices, ¿no?

“La posición del padre o de la madre es la de quien, sin ningún prejuicio o disminución de su autoridad, humildemente, acepta el papel de enorme importancia de asesor o asesora del hijo o de la hija. Asesor que, aunque batiéndose por el acierto de su visión de las cosas, nunca intenta imponer su voluntad ni se exaspera porque su punto de vista no fue adoptado”. – Paulo Freire

  • [1] Citado en Rosas, María. El arte de hacerlos comer. México D.F: Cengage Learning, 2008; p. 30.
  • [2] Gonzalez, Carlos. Mi niño no me come. Madrid: Temas de hoy, 2004; p. 74.