El peso del presente en la Historia

En su libro La historia como conocimiento, Henri Irenée Marrou plantea que “la riqueza del conocimiento histórico es directamente proporcional a la de la cultura personal de historiador” [1]. Esto quiere decir que al estudiar el pasado, la interpretación del historiador estará determinada por sí mismo y por el presente en el que se ve inmerso. Y si bien en el siglo XIX se intentó objetivizar la historia, hoy se entiende que la disciplina de estudiar el pasado es subjetiva o, al menos, relativamente objetiva. El hallazgo de fuentes de una época nunca nos dirá todo lo que queremos o necesitamos saber de ella; por lo tanto, el historiador debe completar ciertos vacíos. Un ejemplo de esto es el hallazgo de la llamada Venus de Willendorf: a fines del siglo XIX se la interpretó como un objeto sexual o estereotipo femenino. En la actualidad se plantea que el género es una construcción social y difícilmente una cultura prehistórica tendría la misma percepción de la femineidad que la nuestra [2].

El historiador no busca reconstruir el pasado, porque reconoce que esto sería imposible. Su labor consiste en tratar de hacer inteligible una época y percibir lo que en ella se entendía. Como ya se dijo antes, esto se verá influenciado por el presente. Así también las inquietudes del historiador serán influidas por su propia época y cultura: las temáticas que decida trabajar no serán las mismas para todos los historiadores. Algunos preferirán enfocarse en la historia social, otros en la económica e incluso unos decidirán enfocarse en la microhistoria y relatar un pequeño acontecimiento para reflejar el período estudiado.

“La investigación continúa siempre fecunda. Porque los historiadores no son detectores inertes, porque leen con ojos nuevos los mismos documentos basándose en cuestionarios que se reajustan constantemente” [3]. Estas palabras de George Duby dan cuenta de lo amplio que puede ser el estudio del pasado. Incluso si varios historiadores eligen el mismo tema, pueden abordarlo desde nuevos enfoques o hacerse otras preguntas respecto a al mismo tema o mismas fuentes. Esto permite conocer el pasado de manera mucho más amplia, a diferencia de la Historia del siglo XIX que sólo se enfocaba en acontecimientos políticos y bélicos.

Por todo lo anteriormente explicado, pueden surgir voces que sugieran que la Historia es ficción. Sin embargo, aceptar la subjetividad en la Historia no significa igualarla a la ficción. La primera está basada en explicaciones demostrables a través de fuentes, mientras que la segunda es sólo fruto de la imaginación. El historiador debe poseer rigor metodológico, criticar las fuentes y, si bien no puede ser completamente objetivo, debe ser imparcial. Evitar los juicios de valor y por lo tanto, el peso del presente, porque como dice Duby: “el más sofisticado de los glosarios resultaba insuficiente, pues todos aquellos términos, al ser préstamos de otra lengua, no se ajustaban jamás de manera exacta a la realidad que pretendía reflejar el hombre que los empleaba” [4]. Esto es aplicable tanto al lenguaje, como a la moral; ambos cambiantes según cada cultura.

Pese a las diferencias entre ficción e Historia, esta última puede utilizar a la primera como medio para difundir el conocimiento del pasado. Como Claudio Rolle indica en su ensayo La Ficción, la Conjetura y los Andamiajes de la Historia, la ficción es un excelente método para mostrar el pasado. Es una vía de difusión ventajosa en parte por su claridad al expresar costumbres de antaño y en parte por su lenguaje sencillo que puede llegar a más gente [5]. Hoy en día están muy en boga las novelas históricas, tal como Los pilares de la Tierra de Ken Follet (ambientada en la Inglaterra del siglo XII) o Legión imperial escrita por el historiador Paul Doherty [6]. Este hecho debiera ser aprovechado por los historiadores para acercar la Historia a las personas que no están inmersas en el mundo académico. Al fin y al cabo, el historiador no sólo debe dejarse influir por sus inquietudes al momento de elegir un período a estudiar, sino también en las inquietudes del resto de la sociedad.

El proceso de construcción del conocimiento histórico está, por lo tanto, sujeto al presente o al servicio del mismo. Al momento de elegir un período y temática, el historiador debe buscar comprender el presente para así darle a la Historia una utilidad que vaya más allá del gusto de unos pocos. Por lo tanto, el peso del presente tanto en el historiador como en la Historia estará siempre allí. Esto no debe verse como una desventaja; al contrario, nos permite comprender a cabalidad el pasado, pues cada época se planteará preguntas diferentes en cuanto a lo que pasó, completando nuestra visión.

  • [1] MARROU, Henri Irenée. “La historia como conocimiento”, Madrid: Idea Universitaria, 1999; p. 30.
  • [2] WITCOMBE, Christopher L.C.E. “Venus of Willendorf”, http://arthistoryresources.net/willendorf/. Última visita: 8 de mayo del 2010.
  • [3] DUBY, Georges. “La historia continúa”, Madrid: Debate, 1992; p. 62.
  • [4] Ibid, p. 44.[5] ROLLE, Claudio. “La Ficción, la Conjetura y los Andamiajes de la Historia”, Instituo de Historia Pontificia Universidad Católica Última visita: 8 de mayo del 2010, página 5.
  • [6] Para más títulos de novelas históricas, se puede visitar la página: http://www.novelahistorica.net. Última visita: 10 de mayo del 2010.
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La conquista de América: El problema del otro

Título original: La conquête de l’Amérique : la question de l’autre
Autor: Tzvetan Todorov
Año de publicación: 1982
Género: Historia
Editorial: Siglo Veintiuno
Edición: 1998, Novena edición en español
Traducción: Flora Botton Burlá

La conquista de América es un libro que, como señala su autor, habla del “descubrimiento que el yo hace del otro” (13). Para tratar el tema, Todorov utiliza lo que suele llamarse “historia ejemplar”; esto es, narrar un acontecimiento pasado para enseñar algo que concierne al presente. Este libro, por tanto, busca ejemplificar el encuentro con la Alteridad mediante el descubrimiento de América, que para Todorov es el caso extremo de encuentro con la otredad.

En La conquista de América podemos observar un peculiar trabajo de historiografía: el autor se centra en un acontecimiento —no en largos procesos o estructuras— y se preocupa de personajes, no de sociedades. Todorov está tomando un enfoque propio de la microhistoria. Sin embargo, sus personajes no son los que trata la “historia desde abajo” (que es la que suele estar relacionada con la microhistoria), sino más bien aquellos en los que centraba su interés la historia positivista. Pero esto se justifica: el uso de grandes personajes (como Colón, Cortés, Las Casas, etc) se debe a que ellos dejaron testimonio escrito de sus viajes y por lo tanto sirven para expresar la visión que tuvieron los conquistadores, en general, al llegar al “Nuevo Mundo”. Todorov no busca hacer una historia “desde arriba”, en donde el resto de la sociedad tenga un papel menor. Así como la narración de la conquista de América le sirve para ejemplificar el encuentro con el Otro, la visión de los grandes personajes ilustra la de un período.

Sin embargo, ¿para qué ejemplificar el encuentro con el Otro? ¿Qué importancia tiene esto en la actualidad ? Para Tzvetan Todorov, el principal problema que surge al descubrir la Otredad es la incapacidad de comprenderla. Y a su vez, esa incapacidad puede provocar conflictos gravísimos como sucedió en América. Cuando los españoles llegaron, en lugar de ver a los indígenas como sujetos, los “objetizaron” por no ser iguales. Esto provocó un sinnúmero de matanzas y una suerte de esclavitud indígena. Todorov plantea que podemos llegar a ese tipo de extremos al no tratar de comprender al Otro, ya sea que este se presente como extranjero o como una minoría sexual, por mencionar algunos ejemplos. Es por ello que, según el autor, debemos rememorar el pasado y aprender de él.

Esta función moralizante de la historia y del historiador da paso a muchas discusiones. Probablemente, asumir un rol militante —esto es, cuando el historiador asume un compromiso ideológico, ya sea social, político o moral— frente a la historia sea indebido cuando se trata de un estudio enfocado en un pasado que no tiene relación con problemas sociopolíticos actuales. En esos casos, la militancia del historiador pasaría a ser un empeño casi obsesivo por demostrar su tesis y no un estudio al servicio de una causa social. En el caso contrario, cuando se trata de objetos de estudio que tienen directa relación con problemas vigentes de nuestro tiempo, la militancia puede ser válida. Ello no necesariamente implicará que el historiador transgreda la ética o transparencia historiográfica.

De hecho, es eso lo que más se puede destacar de Tzvetan Todorov: asume una posición, la justifica y utiliza una metodología para defender su postura. El autor utiliza variadas fuentes para validarse y aboga por una causa que aún hoy tiene incidencia. No es un historiador que estudia el pasado per se, si no uno que le da un propósito ligado a la sociedad en la que está inmerso. Asimismo, el autor reconoce que su historia ejemplar no es una suerte de manual: “dice el dicho que si se ignora la historia se corre el riesgo de repetirla; pero no por conocerla se sabe que es lo que se debe hacer” (264). La conquista de América cuenta con una bibliografía competente. Todorov utiliza una serie de fuentes para respaldar cada afirmación y, al mismo tiempo, dialoga con exponentes de otras disciplinas para complementar las citas (160).

Esta obra es un buen trabajo historiográfico. El autor no ha olvidado que son los hechos los que dan forma a las estructuras y que, al mismo tiempo, los hechos se ven influidos por estructuras anteriores. Aúna una historia de grandes personajes con la microhistoria. Y aún más importante que todo lo anterior, La conquista de América no es un libro que estudie el pasado por mero gusto: Todorov se plantea una función social y, en nuestra opinión, la cumple a cabalidad, pues su obra efectivamente es capaz de hacer conciencia con respecto a la figura de la Alteridad. Por lo tanto, este libro no debe ser pasado por alto. Como historiadores, aún si nos oponemos a la función moral de la historia, La conquista de América sirve para reflexionar en torno a esa problemática y nos invita a analizar un texto en donde los grandes personajes pueden dar cuenta de la cosmovisión de una época.

Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón

Título original:Paswatch
Autor: Orson Scott Card
Año de publicación: 1996
Género: Ciencia ficción
Editorial: Ediciones B, Colección Nova
Edición: 1996
Traducción: Rafael Marín

Siempre me ha gustado leer críticas literarias antes de elegir un libro. En ocasiones siento que simplemente es para terminar llevándole la contraria al crítico, pues siempre termino en desacuerdo con la opinión ajena. Y claro, ahora me ha pasado con el libro Observadores del pasado: la redención de Cristóbal Colón de Orson Scott Card.

La novela narra la historia de un futuro en donde la Tierra permanece en cierta paz, pero después de muchas catástrofes que han dejado la población sumamente reducida. Esta sociedad le da mucha importancia al pasado, pues pueden aprender de él. Por ello, crean una organización llamada “Vigilantes del pasado” que, mediante avanzadas maquinas, pueden observar en detalle todo lo acontecido antes. Tagiri, una observadora de dicha organización, se dedica al estudio de la esclavitud. Un día, descubre que una de las indígenas que observa sueña con Tagiri y es capaz de describirla. Eso la hace pensar que con la tecnología apropiada, podrían influir en el pasado y “repararlo”. Para ello se crea el Proyecto Colón, que toma el descubrimiento de América como un importante punto de cambio que se debe modificar. A partir de ello, entran en juego varias interrogantes acerca de la posibilidad de cambiar el pasado y de las implicancias morales de hacerlo.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído la novela y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Lo primero que debo decir de este libro es que está muy bien escrito. Orson Scott Cardengancha rápidamente y es uno de aquellos textos que no puedes soltar hasta terminarlo. El lenguaje utilizado en la obra es muy sencillo y las oraciones breves facilitan la lectura de un párrafo tras otro. Y a pesar de que los diálogos son un poco forzados, la novela resulta bastante creíble.

La principal crítica a Observadores del pasado es que carece de rigurosidad histórica. En la página Bibliópolis, Rafael Muñoz Vega incluso afirmó que Card olvidó por completo las “grandes fuerzas económico-sociales que formaron la historia” [1]. Sin embargo, en el libro no se ignoran los grandes sucesos sociales. Es sólo que al autor se muestra más partidario de una Historia poco predecible, en la que cualquier pequeño cambio puede cambiar el curso de los sucesos. Lo cual resulta un ejercicio sumamente útil, pues desestructura la creencia de que las cosas inevitablemente iban a resultar de una manera.  Y claro, facilita el mensaje que Card quiere entregarnos: que podemos cambiar el futuro, que está en nuestras manos cambiar las cosas.

También se ha comentado que el autor manifiesta de manera demasiado ferviente su cristianismo. Y si bien esto es cierto, no creo que sea reprochable. Al contrario, resulta novedoso que un escritor de ciencia ficción no termine tildando a la Iglesia Católica como la culpable de todo mal en la Tierra. Después de todo, presentar al cristianismo como un punto de unión entre indígenas y españoles no  resulta tan fuera de foco. Si los conquistadores hubieran sido cristianos consecuentes, habrían evangelizado sin necesidad de abusar o esclavizar.

Me han gustado también los personajes. Siento que son creíbles; manifiestan opiniones y sentimientos acordes a su carácter. Por una parte, el autor no se dedica a profundizar mucho en su vida personal, lo cual hace la novela mucho más fluida, pues queda claro que no es la vida privada de los personajes lo que interesa. Pero por otra parte, tampoco cae en el error de crear seres robóticos.

Esta novela definitivamente ha quedado entre mis favoritas. Tanto el desarrollo de la trama, como el mensaje que entrega me han dejado fascinada. Se la recomiendo, sobretodo, a quienes estén estudiando historia. O a quienes tengan esperanzas en algún día cambiar las cosas. Porque los grandes sucesos nunca dejan atrás a las personas y a veces, los pequeños detalles pueden cambiarlo todo.

“—Cambiamos al mundo —dijo ella.
—Por ahora, al menos —dijo Hunahpu—. Todavía pueden encontrar medios para cometer los mismos viejos errores.”