Síndrome de fin de semestre

A estas alturas del año es tragicómico detenerse un rato y observar a la gente que circula por la universidad. Rostros que alguna vez fueron alegres y relajados, ahora están tensos, ojerosos, pálidos y serios. La mayoría avanza con un vaso de café en la mano y con una mirada distraída. Cuando algunos se detienen a tratar con otros, sus conversaciones son quejas, preguntas sobre los trabajos y, este año, pedidos de información sobre el paro y la recalendarización de cada curso. No es para menos estar estresado: por un lado, se amontonan todas las pruebas y trabajos en un mismo período de tiempo. Por otro, los exámenes se aproximan y muchos se juegan un alto porcentaje de la nota en estos.

Y esta pomposa introducción es sólo para señalar lo obvio: padezco de síndrome de fin de semestre. Estoy agotada, he pasado algunas noches sin dormir, me estreso de sólo pensar en lo que tengo que hacer y muero de ganas por leer algo que yo QUIERA leer, de hacer algo que me divierta o que me motive. Sí, así de mañosa soy. Tengo a Jerry Mander esperándome sobre el velador. Su libro “Cuatro buenas razones para eliminar la televisión” me pide a gritos que lo lea y yo debo ignorar sus súplicas para responder la prueba de América Colonial. Mi hija me llama desde el living mientras juega con la abuela y yo debo hacerla esperar para seguir leyendo para Geografía.

Sí, ya estarán hartos de mis quejas. A veces siento que sólo escribo para quejarme. Pero ¡joder! es el espacio que tengo para desahogarme, así que me quejo nomás xD

Recuerdo que estando en la media siempre repetía que no echaría de menos el colegio (detestaba ir a la escuela). Ahora debo tragarme mis palabras, pues lo extraño. Echo de menos tener buenas notas sin esforzarme (no buenas, pero suficientes xD), tener tiempo para leer, escribir, tontear, jugar… ¡Extraño mi tiempo de ociooooooooooooooo! ¿Serán todos los próximos años así? ¿No volverán nunca los días relajados y aburridos, en donde era tal el grado de ocio que disfrutaba limpiando la casa? Cuando tienes que quedarte escribiendo un trabajo por noche es inevitable preguntarse dónde rayos quedaron esos días.

Y sí, estoy perdiendo el tiempo aquí cuando debiera estar escribiendo otra prueba. Pero, ¿saben qué? Me conformo con terminarla rápido e irme a descansar de una vez por todas. No soy más ni menos inteligente por una calificación. Mi vida es más importante.

Sí, estoy mintiendo. Las calificaciones me siguen importando. Pero no miento al decir que no miden mi inteligencia. Es un avance.

¿O no?

Sí, estoy divagando xD Sólo un último comentario: en medio de tanta crítica al sistema educacional chileno, sería bueno hacer una reflexión sobre el estrés al que nos vemos sometidos en la búsqueda de buenas calificaciones. Porque todo este estrés al final sólo se debe a esos numeritos. Sería mucho más productivo aprender sin toda esa presión, pero ya escribiré sobre esto con más profundidad.

A seguir con mi prueba, ctm T___T

Vuestra humilde servidora al finalizar un ensayo o prueba.

Anuncios

Indignada

El sitio web Yo debo busca reunir las deudas de la mayor cantidad de estudiantes posible. La idea de la página es personificar la deuda: “demostrar que no somos una masa sin rostro” y, al mismo tiempo, llevar la cuenta de la deuda en general. Haciendo cálculos descubrí que, sin considerar un posible posgrado, mi deuda será de unos $10.392.628. Esto sólo contempla el arancel de referencia, pues el resto ya lo estoy pagando y sin contar las matrículas de cada año, las fotocopias, el transporte, la alimentación y un largo etcétera.

¿Cómo me siento con respecto a esto? Aterrada. Indignada. Enfurecida. Aterrada, porque me da miedo pensar en tener que pagar esa cifra y que eso ni siquiera me asegure un posible empleo. Indignada y enfurecida por varias razones. En primer lugar, me enfurece tener que sacarme la mierda estudiando y tener que pagar por ello. Casi como si el estudio no representara un trabajo. Claro, la excusa es que después con un título a cuestas ganarás mucho más dinero. ¿Esto es cierto? No, en Chile puedes tener un título y aún así terminar en un trabajo con un sueldo mísero o, peor aún, cesante. Tener título, especialmente sólo una licenciatura (como será mi caso y el de otros miles de estudiantes) no te garantiza empleo. En la Sexta Encuesta Nacional de la Juventud queda más que claro: un 56,7% de los jóvenes encuestados no trabaja en lo que estudió [1]. Este fenómeno ya tiene nombre: cesantía ilustrada.

En segundo lugar, me indigna que el gobierno y las distintas empresas (universidades, pero ya son prácticamente lo mismo) nos vendan el cuento de que estamos pagando por un bien para nosotros. ¿Acaso nuestros títulos no son, en gran parte, para servir a otros? ¿Para servir al país? ¿Acaso no están señalando constantemente que el país necesita profesionales para esto y lo otro? [2] [3] Siento que es un descaro que nos necesiten y más encima nos hagan pagar por aprender a hacer lo que la sociedad necesita.

En tercer lugar, me enfurece el círculo vicioso en torno a este sistema. Como bien señaló una amiga: “para viajar necesitas dinero, para tener dinero necesitas trabajar, para trabajar necesitas terminar la universidad, para terminar la universidad necesitas dinero, para conseguir dinero necesitas trabajar…”. Claro, para estudiar sin dinero puedes encalillarte en un crédito, pero eso implicará estar pagando durante varios años más, haciendo que terminemos por olvidar planes y sueños, como viajes, casa propia o tener una familia. El mismo factor de estar trabajando para poder pagar la deuda de una carrera en lugar de estar aprovechando ese dinero puede dejar a muchas personas descontentas; así es como la gente deja de lado la vocación.

Y, en cuarto lugar, me enerva saber que esto sólo le pasa a la gente con menos dinero. Por más que digan que existen posibilidades para los pobres, ¡vamos!. Las cifras señalan claramente que los mejores puntajes PSU son de los colegios emblemáticos, subvencionados o privados [4], con poquísimas excepciones. Esto quiere decir que la gente que puede pagar un buen colegio tiene mejores probabilidades de obtener becas universitarias y por lo tanto no quedar endeudado. En cambio, quienes no tiene dinero para pagar un buen colegio o, en su defecto un preuniversitario, joden. Y eso sin considerar el hecho de que el sistema escolar está hecho contemplando sólo uno o dos tipos de aprendizaje, dejando fuera a montones de personas que simplemente aprenden de otra forma.

¿Qué hacer ante esto? No sé, la verdad. Mis conocimientos de economía son básicos (por no decir nulos) y francamente no sabría decir si el gobierno puede o no cumplir con las demandas estudiantiles (según este artículo, sí). Lo que sí puedo afirmar es que si en Chile no se efectúa una reforma educacional heavy (perdonen la informalidad, pero así surgió la frase en mi mente xD), ese gran desarrollo económico del que nuestros gobernantes se sienten tan orgullosos decaerá. El cobre no estará siempre, ¿y después qué? La mayor parte de los países sin muchos recursos naturales han invertido en educación y es así como se mantienen. Chile tiene el potencial para entrar en esa esfera, pero los gobiernos (no sólo este, la Concertación tuvo 20 años para actuar y sólo perpetuaron los cambios hechos en dictadura) no han querido hacer nada.

Claro, mientras los gobernantes no actúan y los dirigentes estudiantiles se conforman con migajas, los pobres hueones que tienen que pagar una millonada seguimos frustrados, jodidos, apaleados por un sistema que nos pide velar por él, pero que al mismo tiempo nos abandona a nuestra suerte. ¿Y sigue habiendo gente que no entiende porque algunos rompen tiendas y tiran piedras? Pues piensen de nuevo, porque bajo tanta presión no logro comprender como sigo cómodamente sentada en la cama escribiendo esto, en lugar de estar destrozando bancos con “los violentistas”.

Señores, señoras y quien llegue a leer esto: frustración no es que la ropa se manche luego de lavarla. Frustración es saber que tienes potencial y capacidad para hacer cientos cosas y no poder sólo porque careces de medios económicos para lograrlo. Bienvenidos a la realidad de un estudiante pobre (y que se rehusó a sacrificar su vida en pos del estudio incesante) en Chile.