Hijos en Libertad

Titulo original: The free Child
Autor: Alexander Sutherland Neill
Año de publicación: 1953
Género: Pedagogía, Enseñanza, Crianza
Editorial: Gedisa
Edición: 1976

Alexander Neill (1883-1973) fue un educador “revolucionario”. Decepcionado del sistema escolar tradicional, fundó su propia escuela: Summerhill. En esta, los niños gozaban de una posición horizontal con profesores y directivos, así como de la libertad para aprender cuándo, cómo y lo qué quisieran. Neill consideraba que el aprendizaje forzoso es inútil, pues sólo sirve para aprobar exámenes; a largo plazo, los chicos se olvidan de todo lo aprendido. También pensaba que los niños tenían que vivir sus vidas en función de sus deseos y no en función de sus padres, profesores o autoridades gubernamentales. El principal eje de toda su obra es el enfoque en el bienestar emocional de los jóvenes, cosa que para el sistema tradicional es irrelevante. Hijos en Libertad es una de las tantas obras que Neill escribió sobre Summerhill. En esta se dedica a precisar las diferencias entre libertad y libertinaje y a responder las dudas de padres, profesores y jóvenes sobre temas relacionados a la crianza y a la enseñanza.

Leí por primera vez este libro estando embarazada. En aquel momento no conocía mucho sobre las pedagogías libertarias, alternativas o como quieran llamarlas, ni mucho menos sobre educación en casa. Sólo intuía que algo en el sistema escolar andaba mal. Mi principal motivación para leer el libro fue que no me gustaba del todo la forma en qué había sido criada y quería comprobar que existían maneras más libres de educar a un hijo. Lo curioso es que en aquel entonces Hijos en Libertad me pareció demasiado… libre. Hace un par de días lo releí y no puedo recordar qué ideas me parecieron tan descabelladas. Lo cierto es que las propuestas de Neill son bastante lúcidas, pero chocan a quién está inmerso en un sistema tan cerrado como el nuestro.

Lo primordial para comprender tanto el libro como los principios de Summerhill es diferenciar libertad de licencia. Neill explica que muchos padres no fueron capaces de entender que esa liberad que él pregonaba se aplicaba tanto a los padres como a los hijos (y a los profesores), por lo tanto la licencia vendría a darse cuando una de las partes trasgrede la libertad ajena. Por ejemplo, se consideraría licencia si un niño toma cosas de sus padres sin permiso o rompe los vidrios del hogar. Y sería libertad si un niño decide leer en casa en vez de ir a la Iglesia u opta por no bañarse en una semana. Sin embargo, cuando trata casos de licencia el autor siempre hace algunas precisiones. Que un niño de 3 años tome algún objeto de sus padres no es lo mismo que si lo hace un adolescente de 13. En el segundo caso (o sea, cuando los actos de licencia son cometidos por jóvenes que comprenden lo que están haciendo), más que castigar o repetir normas, Neill recomienda profundizar en las conductas de los hijos. En una de las cartas enviadas una señora manifiesta molestia porque su hija grita constantemente durante las conversaciones. Los padres ya le han explicado que su conducta es molesta, pero la niña sigue haciéndolo, por lo que le pide sugerencias al autor. Neill responde:

“El método represivo es inútil e implica una pérdida de tiempo. Me parece que su hija se siente inferior, un estorbo en la familia […] Y es muy posible que se trate de una protesta constante contra su postergación. ¿Pero por qué se inquieta por lo que, al fin y al cabo, es un problema de segundo orden? ¿Se preocupa por el adoctrinamiento que su hija recibe en la escuela o en la iglesia? Alguna vez se sienta tranquilamente a pensar: ¿por qué mi hija se muestra rebelde y desdichada?

Profundicen, señores, profundicen y dejen de preocuparse por los que no son sino síntomas exteriores de conflictos internos. Procuren llegar al fondo de las cosas, al meollo de la vida, más allá de los detalles convencionales que son efímeros y minúsculos. Su pobre chica tiene un agravio, una protesta, un infortunio que les oculta” (33).

Además de enfocarse en los problemas de fondo, me llama la atención lo que el autor menciona como “actitudes antivida”, que vendrían a ser la causa del excesivo descontrol de algunos jóvenes. Entre estas actitudes se encuentran, por ejemplo, la exigencia de modales, de permanecer limpio, educar a los niños con la visión de que el sexo es algo malo y pecaminoso o pautas morales rigurosas. Neill las ha nombrado así (antivida) porque considera que estas represiones impiden al niño ser él mismo y, por lo tanto, vivir tranquilo.

Neill también se opone a enseñar a los niños algún tipo de doctrina o religión, pues estas enseñan a las personas cómo vivir y nadie debería decirle a otro cómo hacerlo. El hecho de que sean niños no significa que podamos modelarlos a nuestra imagen y semejanza. Como dijo Dawkins, nadie catalogaría a un niño de anarquista o marxista, pero en asuntos religiosos es poca la gente que tiene algún reparo al momento de etiquetar a sus hijos e, incluso, de obligarlos a seguir la religión de sus padres.

En el libro también se hace mucho énfasis en permitir que los chicos elijan su propio camino en cuánto a la profesión. Aún hoy me sorprendo de la tremenda cantidad de jóvenes que estudian una carrera sólo porque sus padres quieren y lo obligaron de una u otra forma (ya sea con sobornos o castigos) y aún más es la cantidad que sigue estudiando aún cuando preferiría trabajar ya que el estudio no es lo suyo. Estar al tanto de estos casos hace notar que libros como este siguen estando vigentes aún medio siglo después de publicados.

La manera libre de criar a los hijos planteada por Neill es, desde mi punto de vista, el amor y el respeto en su máxima expresión. Es un modelo de familia horizontal, que tiene como propósito crear personas libres… Quizás no físicamente, porque aún vivimos bajo un estado que regula nuestras vidas, pero sí interiormente. Por lo mismo, Hijos en libertad puede servir para aquellas familias que deban enviar a sus hijos a escuelas tradicionales, pero sientan deseos de otorgarles libertad al menos en sus hogares.

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El peso del presente en la Historia

En su libro La historia como conocimiento, Henri Irenée Marrou plantea que “la riqueza del conocimiento histórico es directamente proporcional a la de la cultura personal de historiador” [1]. Esto quiere decir que al estudiar el pasado, la interpretación del historiador estará determinada por sí mismo y por el presente en el que se ve inmerso. Y si bien en el siglo XIX se intentó objetivizar la historia, hoy se entiende que la disciplina de estudiar el pasado es subjetiva o, al menos, relativamente objetiva. El hallazgo de fuentes de una época nunca nos dirá todo lo que queremos o necesitamos saber de ella; por lo tanto, el historiador debe completar ciertos vacíos. Un ejemplo de esto es el hallazgo de la llamada Venus de Willendorf: a fines del siglo XIX se la interpretó como un objeto sexual o estereotipo femenino. En la actualidad se plantea que el género es una construcción social y difícilmente una cultura prehistórica tendría la misma percepción de la femineidad que la nuestra [2].

El historiador no busca reconstruir el pasado, porque reconoce que esto sería imposible. Su labor consiste en tratar de hacer inteligible una época y percibir lo que en ella se entendía. Como ya se dijo antes, esto se verá influenciado por el presente. Así también las inquietudes del historiador serán influidas por su propia época y cultura: las temáticas que decida trabajar no serán las mismas para todos los historiadores. Algunos preferirán enfocarse en la historia social, otros en la económica e incluso unos decidirán enfocarse en la microhistoria y relatar un pequeño acontecimiento para reflejar el período estudiado.

“La investigación continúa siempre fecunda. Porque los historiadores no son detectores inertes, porque leen con ojos nuevos los mismos documentos basándose en cuestionarios que se reajustan constantemente” [3]. Estas palabras de George Duby dan cuenta de lo amplio que puede ser el estudio del pasado. Incluso si varios historiadores eligen el mismo tema, pueden abordarlo desde nuevos enfoques o hacerse otras preguntas respecto a al mismo tema o mismas fuentes. Esto permite conocer el pasado de manera mucho más amplia, a diferencia de la Historia del siglo XIX que sólo se enfocaba en acontecimientos políticos y bélicos.

Por todo lo anteriormente explicado, pueden surgir voces que sugieran que la Historia es ficción. Sin embargo, aceptar la subjetividad en la Historia no significa igualarla a la ficción. La primera está basada en explicaciones demostrables a través de fuentes, mientras que la segunda es sólo fruto de la imaginación. El historiador debe poseer rigor metodológico, criticar las fuentes y, si bien no puede ser completamente objetivo, debe ser imparcial. Evitar los juicios de valor y por lo tanto, el peso del presente, porque como dice Duby: “el más sofisticado de los glosarios resultaba insuficiente, pues todos aquellos términos, al ser préstamos de otra lengua, no se ajustaban jamás de manera exacta a la realidad que pretendía reflejar el hombre que los empleaba” [4]. Esto es aplicable tanto al lenguaje, como a la moral; ambos cambiantes según cada cultura.

Pese a las diferencias entre ficción e Historia, esta última puede utilizar a la primera como medio para difundir el conocimiento del pasado. Como Claudio Rolle indica en su ensayo La Ficción, la Conjetura y los Andamiajes de la Historia, la ficción es un excelente método para mostrar el pasado. Es una vía de difusión ventajosa en parte por su claridad al expresar costumbres de antaño y en parte por su lenguaje sencillo que puede llegar a más gente [5]. Hoy en día están muy en boga las novelas históricas, tal como Los pilares de la Tierra de Ken Follet (ambientada en la Inglaterra del siglo XII) o Legión imperial escrita por el historiador Paul Doherty [6]. Este hecho debiera ser aprovechado por los historiadores para acercar la Historia a las personas que no están inmersas en el mundo académico. Al fin y al cabo, el historiador no sólo debe dejarse influir por sus inquietudes al momento de elegir un período a estudiar, sino también en las inquietudes del resto de la sociedad.

El proceso de construcción del conocimiento histórico está, por lo tanto, sujeto al presente o al servicio del mismo. Al momento de elegir un período y temática, el historiador debe buscar comprender el presente para así darle a la Historia una utilidad que vaya más allá del gusto de unos pocos. Por lo tanto, el peso del presente tanto en el historiador como en la Historia estará siempre allí. Esto no debe verse como una desventaja; al contrario, nos permite comprender a cabalidad el pasado, pues cada época se planteará preguntas diferentes en cuanto a lo que pasó, completando nuestra visión.

  • [1] MARROU, Henri Irenée. “La historia como conocimiento”, Madrid: Idea Universitaria, 1999; p. 30.
  • [2] WITCOMBE, Christopher L.C.E. “Venus of Willendorf”, http://arthistoryresources.net/willendorf/. Última visita: 8 de mayo del 2010.
  • [3] DUBY, Georges. “La historia continúa”, Madrid: Debate, 1992; p. 62.
  • [4] Ibid, p. 44.[5] ROLLE, Claudio. “La Ficción, la Conjetura y los Andamiajes de la Historia”, Instituo de Historia Pontificia Universidad Católica Última visita: 8 de mayo del 2010, página 5.
  • [6] Para más títulos de novelas históricas, se puede visitar la página: http://www.novelahistorica.net. Última visita: 10 de mayo del 2010.

La conquista de América: El problema del otro

Título original: La conquête de l’Amérique : la question de l’autre
Autor: Tzvetan Todorov
Año de publicación: 1982
Género: Historia
Editorial: Siglo Veintiuno
Edición: 1998, Novena edición en español
Traducción: Flora Botton Burlá

La conquista de América es un libro que, como señala su autor, habla del “descubrimiento que el yo hace del otro” (13). Para tratar el tema, Todorov utiliza lo que suele llamarse “historia ejemplar”; esto es, narrar un acontecimiento pasado para enseñar algo que concierne al presente. Este libro, por tanto, busca ejemplificar el encuentro con la Alteridad mediante el descubrimiento de América, que para Todorov es el caso extremo de encuentro con la otredad.

En La conquista de América podemos observar un peculiar trabajo de historiografía: el autor se centra en un acontecimiento —no en largos procesos o estructuras— y se preocupa de personajes, no de sociedades. Todorov está tomando un enfoque propio de la microhistoria. Sin embargo, sus personajes no son los que trata la “historia desde abajo” (que es la que suele estar relacionada con la microhistoria), sino más bien aquellos en los que centraba su interés la historia positivista. Pero esto se justifica: el uso de grandes personajes (como Colón, Cortés, Las Casas, etc) se debe a que ellos dejaron testimonio escrito de sus viajes y por lo tanto sirven para expresar la visión que tuvieron los conquistadores, en general, al llegar al “Nuevo Mundo”. Todorov no busca hacer una historia “desde arriba”, en donde el resto de la sociedad tenga un papel menor. Así como la narración de la conquista de América le sirve para ejemplificar el encuentro con el Otro, la visión de los grandes personajes ilustra la de un período.

Sin embargo, ¿para qué ejemplificar el encuentro con el Otro? ¿Qué importancia tiene esto en la actualidad ? Para Tzvetan Todorov, el principal problema que surge al descubrir la Otredad es la incapacidad de comprenderla. Y a su vez, esa incapacidad puede provocar conflictos gravísimos como sucedió en América. Cuando los españoles llegaron, en lugar de ver a los indígenas como sujetos, los “objetizaron” por no ser iguales. Esto provocó un sinnúmero de matanzas y una suerte de esclavitud indígena. Todorov plantea que podemos llegar a ese tipo de extremos al no tratar de comprender al Otro, ya sea que este se presente como extranjero o como una minoría sexual, por mencionar algunos ejemplos. Es por ello que, según el autor, debemos rememorar el pasado y aprender de él.

Esta función moralizante de la historia y del historiador da paso a muchas discusiones. Probablemente, asumir un rol militante —esto es, cuando el historiador asume un compromiso ideológico, ya sea social, político o moral— frente a la historia sea indebido cuando se trata de un estudio enfocado en un pasado que no tiene relación con problemas sociopolíticos actuales. En esos casos, la militancia del historiador pasaría a ser un empeño casi obsesivo por demostrar su tesis y no un estudio al servicio de una causa social. En el caso contrario, cuando se trata de objetos de estudio que tienen directa relación con problemas vigentes de nuestro tiempo, la militancia puede ser válida. Ello no necesariamente implicará que el historiador transgreda la ética o transparencia historiográfica.

De hecho, es eso lo que más se puede destacar de Tzvetan Todorov: asume una posición, la justifica y utiliza una metodología para defender su postura. El autor utiliza variadas fuentes para validarse y aboga por una causa que aún hoy tiene incidencia. No es un historiador que estudia el pasado per se, si no uno que le da un propósito ligado a la sociedad en la que está inmerso. Asimismo, el autor reconoce que su historia ejemplar no es una suerte de manual: “dice el dicho que si se ignora la historia se corre el riesgo de repetirla; pero no por conocerla se sabe que es lo que se debe hacer” (264). La conquista de América cuenta con una bibliografía competente. Todorov utiliza una serie de fuentes para respaldar cada afirmación y, al mismo tiempo, dialoga con exponentes de otras disciplinas para complementar las citas (160).

Esta obra es un buen trabajo historiográfico. El autor no ha olvidado que son los hechos los que dan forma a las estructuras y que, al mismo tiempo, los hechos se ven influidos por estructuras anteriores. Aúna una historia de grandes personajes con la microhistoria. Y aún más importante que todo lo anterior, La conquista de América no es un libro que estudie el pasado por mero gusto: Todorov se plantea una función social y, en nuestra opinión, la cumple a cabalidad, pues su obra efectivamente es capaz de hacer conciencia con respecto a la figura de la Alteridad. Por lo tanto, este libro no debe ser pasado por alto. Como historiadores, aún si nos oponemos a la función moral de la historia, La conquista de América sirve para reflexionar en torno a esa problemática y nos invita a analizar un texto en donde los grandes personajes pueden dar cuenta de la cosmovisión de una época.